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La historia dirá quién tiene la razón
Cmdte.—
Muy bien, ya, ahora paciencia. Tal vez este
material sea de interés, si es que tú me das la
palabra.
Me parecía que valía la pena dedicar unos
minutos a eso.
¿Vas a hablar de la sede?
Randy Alonso.—De
la sede de la III Cumbre y las declaraciones que
hizo su Primer Ministro... Hubo varias
declaraciones del Primer Ministro, hubo
declaraciones del Canciller también.
Cmdte.—Sí,
yo escogí una, porque al que más conozco es al
Primer Ministro y es con el que más amistad
tengo.
Bueno, para que el pueblo comprenda de qué se
trata:
"Quebec (Canadá), 19 de abril (EFE).—El primer
ministro canadiense, Jean Chrétien, justificó
hoy la exclusión de Cuba de la III Cumbre de las
Américas por la falta de gestos del régimen
cubano en temas de derechos humanos a pesar de
‘pasar horas tratando de convencer’ a Fidel
Castro para que cambiase de política.
"A su llegada al centro de convenciones de
Quebec donde se celebrará la Cumbre este fin de
semana, Chrétien fue preguntado si había variado
su posición sobre la inclusión de Cuba en el
proceso de las Cumbres de las Américas, ya que
en las anteriores reuniones en Miami y Santiago
había solicitado la presencia del régimen de
Castro.
"‘No he cambiado de opinión’, respondió
Chrétien.
"El Primer Ministro canadiense se mostró seco
cuando se le cuestionó si Cuba no estaba
presente en Quebec por la negativa de
Washington.
"Asimismo,
cuando se le presionó para que indicase qué otro
país del continente se había opuesto a la
participación de Castro en la III Cumbre de las
Américas, Chrétien respondió al periodista con
‘pregúnteles a ellos’.
"El Primer Ministro canadiense añadió que había
pasado ‘horas y horas tratando de persuadir a
Castro’ para que firmase algunas convenciones
sobre derechos humanos, pero que no obtuvo
ningún gesto del régimen de La Habana.
"‘Pasé horas con él (Fidel Castro) intentando
que firmase algunas resoluciones de las Naciones
Unidas’, insistió Chrétien."
He meditado mucho sobre este pronunciamiento del
señor Chrétien. No tenía necesidad alguna de
emitir una valoración pública precipitada e
improvisada de aquel encuentro.
He trabajado buscando datos y reconstruyendo con
la mayor objetividad posible lo que allí
conversamos y la atmósfera en que se llevaron a
cabo nuestros intercambios.
Traigo aquí una reflexión escrita, dada la
necesidad de precisión por la delicadeza de los
temas.
Apenas comenzamos la reunión, de forma casi
abrupta, puso sobre la mesa una pequeña lista de
nombres evidentemente recién recibida por él.
Casi adiviné de qué se trataba. Era lo habitual
cada vez que nos visitaba una personalidad
política de algún país aliado de Estados Unidos
o algún político norteamericano: el Departamento
de Estado le entregaba una lista de personas
procesadas o sancionadas por actividades
contrarrevolucionarias. Las listas siempre iban
encabezadas por aquellas que eran de mayor
importancia e interés para los servicios de
inteligencia o el gobierno de Estados Unidos.
Pedía el indulto o la puesta en libertad de los
mismos. Era una táctica invariable del gobierno
de Estados Unidos para presionar en favor de sus
amigos, aprovechando cualquier visita amistosa a
Cuba. Como en nuestro país suele ejercerse la
mayor tolerancia posible, solo en casos
excepcionales las autoridades proceden al
arresto y procesamiento de los implicados cuando
sus acciones provocadoras son graves y
totalmente inadmisibles.
El Primer Ministro canadiense me recuerda que,
con motivo de la visita del Papa, un número de
sancionados por causas contrarrevolucionarias
habían sido indultados y él se había
comprometido a solicitar lo mismo para los
incluidos en la lista.
Realmente el Papa nunca abordó este tema en la
conversación conmigo, y lo había hecho a través
de su Secretario de Estado en otra reunión con
el Ministro de Relaciones Exteriores.
Sin esperar respuesta, plantea de inmediato que
Cuba suscriba el Convenio de Naciones Unidas
sobre los Derechos Económicos, Sociales y
Culturales, ya que Cuba en esa materia había
hecho igual o más que cualquier otro país del
mundo. Era sin duda una frase halagüeña y una
forma más habilidosa y oportuna de plantear algo.
Recuerdo que, acto seguido, menciona el acuerdo
de libre comercio entre Canadá, México y Estados
Unidos, y los proyectos de hacerlo con el resto
de América Latina, expresando su criterio de que
Cuba podía hacer una importante contribución.
Y
por último se refiere al tratado contra las
minas antipersonales, lamentándose de que Cuba
no lo había firmado y solicitando que lo
suscribiera. Eran estos los cuatro puntos con
los que inició sus conversaciones. Todos
parecían muy sencillos; los cuatro, sin embargo,
eran sumamente complicados.
Le pregunté si era habitual en los políticos
canadienses comenzar por lo más difícil, y le
añadí en tono de broma que si no salíamos bien
de estas pruebas, habríamos de echar a perder la
visita.
Me parece recordar que la reunión duró alrededor
de dos horas, en tono cordial y respetuoso pero
franco. Debo confesar que usé la mayor parte del
tiempo porque era necesario argumentar con
determinada profundidad la razón de nuestras
posiciones, en especial sobre tres de los puntos.
Imposible repetir aquí cada uno de esos
argumentos. Solo una brevísima síntesis, con las
respuestas esenciales.
Le dije que yo no debía decidir personalmente y
de inmediato, o comprometerme sobre algunas de
las cuestiones, ni tampoco crear falsas
esperanzas sobre las decisiones que adoptaríamos.
Que la muy publicitada cuestión de supuestos
presos de conciencia era una vieja historia
después de casi 40 años de todo tipo de
fechorías y crímenes por parte del gobierno de
Estados Unidos contra Cuba. Los enumeré con
amplitud y detalles, contrastándolos con la
intachable conducta y la ética de nuestra
Revolución pese al diluvio de infamias y
calumnias vertidas contra Cuba. La hipocresía y
doble moral de la política seguida contra ella.
Las circunstancias que nos habían obligado a
tener personas en prisión. Que solo en Girón
habíamos hecho prisioneros a 1 200 invasores, y
que la propia Revolución desde los primeros años
había ido poniendo en libertad a los que,
sirviendo los intereses de una potencia
extranjera a lo largo de cuatro décadas, habían
tratado de destruirla. Que ahora el tema de los
que por esa causa estaban en prisión era
constantemente utilizado para presionar a Cuba,
el país que sufría la hostilidad y la agresión
exterior. Las graves amenazas que todavía
afrontábamos, como los actos terroristas
organizados y pagados desde Estados Unidos.
En un momento me dijo que su deseo era superar
esa situación para que regresáramos a la gran
familia. Le dije que nosotros éramos
latinoamericanos, y le pregunté si se trataba de
que regresáramos a la gran familia o que la gran
familia regresara a nosotros. Terminé el punto
respondiéndole que él había traído una lista de
personas que eran mercenarios al servicio de
Estados Unidos y pagados por Estados Unidos, y
que en complicidad con Estados Unidos trataban
de destruir la Revolución. Que como amigo le
debía decir que esa lista era humillante para
Cuba. Se esmeró en explicar que esa no era su
intención, y que quizás había presentado la
lista demasiado temprano.
No todo fue dramático. Hubo bromas e incluso
chistes intercalados. Esta parte, referida con
cierta extensión, puede dar una idea de la
intensidad de la primera hora de conversación.
Con relación a su énfasis en la familia
hemisférica, le expresé que me alegraba mucho,
pero que yo pensaba también en la familia
universal: Europa, Asia y Africa.
Con relación al punto dos, el Convenio de
Naciones Unidas sobre los Derechos Económicos,
Sociales y Culturales, no vacilé en decirle que
nosotros podíamos suscribir todos los artículos
excepto dos, el 8 y el 13. Que el primero podría
estar muy bien para un país capitalista como
Canadá, Estados Unidos y los de América Latina,
porque en unos gobernaban los empresarios o los
oligarcas y en otros las grandes transnacionales.
Allí dividían, fraccionaban y, cuando era
posible, corrompían y enajenaban a los
trabajadores, que muy poco podían hacer frente
al poder político de los patronos. Se trataba de
sistemas económicos diferentes al nuestro.
Con relación a ese artículo del Convenio, donde
se habla de que cada persona tiene el derecho a
fundar sindicatos y afiliarse a los de su
elección, con sujeción únicamente a los
estatutos de la organización correspondiente,
para promover y proteger sus intereses
económicos y sociales, en un país socialista
como Cuba, donde los trabajadores manuales e
intelectuales están todos organizados en sus
respectivos sindicatos y sólidamente unidos como
clase revolucionaria que comparte el poder con
el resto del pueblo, los campesinos, las mujeres,
los estudiantes, los vecinos y la ciudadanía en
general, tal precepto serviría de arma y de
pretexto al imperialismo para tratar de dividir
y fragmentar a los trabajadores, crear
sindicatos artificiales, y reducir su fuerza e
influencia política y social. En Estados Unidos
y en muchos países de Europa y otras regiones,
la estrategia del imperialismo es dividir,
debilitar y corromper al movimiento sindical
hasta situarlo en condiciones de indefensión
total frente a los patronos. En Cuba el
propósito sería fundamentalmente subversivo y
desestabilizador, socavar el poder político,
mermar la extraordinaria fuerza e influencia de
nuestros trabajadores, y erosionar la heroica
resistencia del único Estado socialista de
Occidente frente a la superpotencia hegemónica.
El otro precepto tampoco podría suscribirse
porque abriría las puertas a la privatización de
la enseñanza, que en el pasado dio lugar a
dolorosas diferencias e irritantes privilegios e
injusticias, incluida la discriminación racial
que nuestros niños no volverán a conocer jamás.
Un país que logró erradicar en solo un año el
analfabetismo, alcanzó niveles de nueve grados
como promedio, y cuenta con un extraordinario y
masivo contingente de profesores y maestros y el
más sano y exitoso sistema de educación del
mundo, no necesita comprometerse con tal
precepto.
A
Chrétien le dije que América Latina llevaba casi
200 años tratando de acabar con el analfabetismo
y todavía no lo ha hecho.
Chrétien propuso que firmáramos el Convenio e
hiciéramos la reserva con relación a los dos
artículos. Le respondimos que después se habla
de incumplimientos del Convenio y nadie sabe o
se acuerda de las reservas con que se suscribió.
¡Con eso no se podía jugar!
Con relación al tratado sobre las minas no
hablamos mucho en esa reunión. Le adelanté que
no íbamos a firmarlo. Que teníamos incluso una
base militar de Estados Unidos en nuestro propio
territorio. Que entre el límite de la misma y el
resto de nuestro territorio, era el único punto
donde estaban instaladas. Que las minas
constituían para nosotros un arma defensiva a la
que no cometeríamos el error de renunciar; que
no poseíamos armas nucleares, bombas o misiles
inteligentes, ni otros muchos sofisticados
medios que posee Estados Unidos. Que sobre
nuestro país se cernía una amenaza real, y por
esa razón no pensábamos firmarlo.
Más tarde abordó de nuevo el tema desde un
ángulo que yo no habría podido sospechar en ese
instante. Al concluir este primer encuentro me
afirmó, con evidente satisfacción y sinceridad,
que había sido una discusión excelente. La
síntesis de lo esencial de lo abordado en
nuestra primera reunión puede dar la impresión
de que fue áspera. Nada más lejos de la
realidad. En todo momento reinó una atmósfera
cálida y amistosa.
Me pareció percibir con claridad —aunque no lo
dijo, pero sí del conjunto de lo que dijo el
señor Chrétien— que ante la presencia de un
vecino tan poderoso con el cual comparte 8 644
kilómetros de frontera, experimentaba temor por
el futuro de su país. Consciente de las dos
fuertes culturas y tradiciones diferentes bien
arraigadas, le inquieta el riesgo que para la
unidad del Estado significa que cualquier
ambición, un error, o una simple sacudida del
vecino, deshaga el país. Para ese enorme y rico
territorio, poblado por solo 32 millones de
habitantes, donde entre otros recursos —como me
dijo el propio Chrétien— se encuentra la cuarta
parte de las reservas de agua potable del mundo,
quizás aún más que para la propia Cuba, Estados
Unidos constituye un gran dolor de cabeza.
En lo que tal vez fue el momento más interesante
de la conversación, y en el que Chrétien expuso
su idea más inteligente, capaz de provocar hasta
en un interlocutor bastante distante de su
ideología un sentimiento de solidaridad, fue
cuando contó que él se había opuesto a la idea
de un acuerdo de libre comercio únicamente con
Estados Unidos. Había que buscar por lo menos un
tercero, y apareció México, con el cual en
muchas ocasiones compartía posiciones frente a
los manejos de Estados Unidos. Que en el 2005
serían 34, y ojalá 35 (evidente alusión a Cuba),
para balancear con los Estados Unidos.
En una ocasión me dijo que Canadá era un país
muy celoso de su independencia con relación a
Estados Unidos, que era de gran importancia
mantener su independencia de Estados Unidos, y
que su política era mantener relaciones
estrechas y amistosas con ese país, pero muy
independientes. Me afirmó orgulloso que ya
Canadá competía con el valle de Silicona de
California, donde se produce toda la alta
tecnología.
La segunda reunión con Chrétien y su delegación
tiene lugar por la noche. Hubo cena y un más
amplio intercambio. En determinada ocasión, al
mencionar el plan de atentado contra mí en la
Isla de Margarita, organizado por la famosa
Fundación, me señaló que a menudo esta era la
causa de grandes dificultades, porque cuando
ocurrió el incidente de los aviones fue para
crear ese problema al gobierno de Estados Unidos
que estaba listo para dar un paso positivo con
relación a Cuba. Le hablé de la Ley de Ajuste
Cubano, sus absurdas e irracionales
consecuencias.
Hablamos también de la Ley Helms-Burton. Me dijo
que con relación a esa ley Estados Unidos se
encontraba aislado. Que él personalmente fue el
primero en hacer una declaración cuando se
aprobó. Que estando reunido con los Primeros
Ministros del Caribe, juntos hicieron la primera
declaración contra la Helms-Burton.
En relación con el incidente de los aviones en
el año 1996, utilizado como pretexto para
aprobar la Ley Helms-Burton, le dije que en The
New Yorker del 26 de enero de 1998 estaba la
historia casi completa del incidente.
Al preguntarme por el ALCA, le dije que había
que tener paciencia, saber qué iba a pasar en
América Latina con ese acuerdo de libre
comercio, cuáles serían las consecuencias no
solo para nuestros países sino también para el
resto del mundo, así como las artimañas para
imponer un acuerdo multilateral de inversiones,
cuestiones que nos preocupaban mucho. Que era
necesario estudiar a fondo esas cuestiones. Le
hablé sobre aspectos concretos de nuestra
economía, medidas adoptadas para enfrentar el
período especial; la imposibilidad de prescindir
de los aranceles para muchos países de América
Latina y el Caribe, algunos de los cuales
recibían por esa vía hasta el 80% de los
ingresos presupuestarios. Al preguntarle si a
Canadá le perjudicaba de alguna forma la
integración de Europa y el surgimiento del euro,
me respondió que no, que el 82% de su comercio
era con Estados Unidos. Tenemos 1 000 millones
de dólares diarios de comercio con Estados
Unidos, nos dijo.
Por mi parte le dije francamente mi opinión de
que a los países de América Latina les
convendría el éxito de la integración Europea y
que Europa compita con los Estados Unidos por
los mercados e inversiones en América Latina. Es
mejor que haya dos, tres, cuatro potencias
económicas fuertes para que la economía mundial
no dependa solo de un poderoso país y de una
sola moneda.
Conversamos incluso sobre la tecnología
canadiense en materia de energía nuclear y la
posibilidad de que en el futuro nuestro país
pudiera adquirir reactores canadienses, aunque
por el momento no era para nosotros la mejor
opción ni la más económica para el rápido
crecimiento de la generación eléctrica que
necesitamos con cierta urgencia.
Le hablé también de los mexicanos que estaban
muriendo en la frontera con Estados Unidos,
donde ya morían cada año muchos más que los que
murieron durante casi 30 años de existencia del
Muro de Berlín.
Pocos temas importantes estuvieron ausentes de
nuestro intercambio.
En la atmósfera propicia que se había creado y
tomando en cuenta la participación de Canadá en
los acontecimientos políticos de Haití, ya en
proceso de normalización, y su presencia en ese
país, le dije que Haití era un vecino cercano y
uno de los países más pobres del mundo, con
índices terribles de salud, incluido el SIDA,
que amenazaban con una catástrofe humana, y le
pregunté por qué no dábamos un ejemplo de
cooperación y elaborábamos un programa de salud
para Haití. Cuba enviaría personal médico y
Canadá suministraría los medicamentos y equipos
necesarios.
Me preguntó si lo había discutido con el
Presidente de Haití. Le respondí que no podía
ofrecérselo si no coordinaba primero con el
gobierno canadiense, expresándole mi convicción
de que aceptarían.
Me habló de su interés especial por un país de
lengua francesa, pues una parte importante de la
población de Canadá es de esa lengua, y por
tanto tenía interés en programas para Haití. Que
analizaría la proposición. Le comuniqué que
hablaría con el gobierno haitiano.
Al parecer aquella idea le sugirió de inmediato
otra. Me dijo acto seguido que tenía una
propuesta que hacer sobre un programa conjunto:
un programa conjunto con Angola y Mozambique
para eliminar las minas antipersonales. Ustedes
pueden poner los trabajadores, nosotros el
dinero, añadió. Que esos países ya habían
firmado el convenio. Se le indicó por nuestra
parte que los que podían realizar ese trabajo
eran únicamente los militares. Respondió que
nosotros los cubanos teníamos el personal
experto y ellos suministrarían el dinero para el
programa, pues ya tenían aprobado el
presupuesto.
Que varios países habían comprometido fondos
para la limpieza de los campos minados, entre
ellos Japón, Suecia, Noruega, Dinamarca y otros,
y como nosotros teníamos expertos pensaba que
los cubanos podríamos realizar ese trabajo.
Es incuestionable que no se dio cuenta de cuán
hiriente podía ser lo que estaba proponiendo.
Una colaboración humanitaria en la que Canadá y
otros países ricos ponían el dinero y nosotros
los riesgos de mutilación y pérdidas de vidas de
nuestros soldados. Tal vez no lo pensó nunca, o
no estuviera consciente de lo que nos estaba
proponiendo, pero sentí la fuerte impresión de
que nos querían alquilar como mercenarios.
Experimenté por breves segundos una sensación de
ultraje, recordando el desinteresado espíritu de
sacrificio, la historia limpia y noble de un
pueblo que se enfrentaba a una intensa guerra
económica y al período especial dispuesto a
morir por sus ideas. ¿Pretendería alguien
valerse de esa situación para tentarnos con
misiones de ese tipo?
Tomando en cuenta las características de mi
interlocutor, y el tono amable, franco,
confiado, e incluso el humor con que —recuerdo—
se desarrollaron nuestros intercambios, aún
pienso que lo que dijo y la forma en que lo dijo
no fue un acto consciente de lo que
objetivamente podía interpretarse de sus
palabras.
Le expliqué que en Angola era todavía difícil
desminar porque estaban las bandas armadas por
Estados Unidos y Sudáfrica; que todas esas minas
habían sido entregadas por Estados Unidos y la
Sudáfrica del apartheid a Savimbi. Que eso podía
costar mutilaciones y pérdida de vidas. ¿Cómo
justificar ante nuestro pueblo la participación
cubana?
Con la mayor ecuanimidad le propuse lo que
califiqué de solución razonable: estábamos
dispuestos a entrenar todo el personal necesario
de Angola, Mozambique o cualquier otro país
afectado por problemas de este tipo para
realizar esa tarea en sus propios territorios.
Este tema ocupó casi el último tramo de la
segunda conversación, aunque continuó durante
varios minutos en el mismo tono amistoso y
amable.
El desagradable punto había sido abordado por
nuestra parte de forma serena y razonable,
escuchado y al parecer comprendido y aceptado
por la delegación canadiense.
Las bases de dos programas importantes de
cooperación con terceros países habían sido
acordadas en principio, sobre las cuales se
continuaría trabajando.
Observé bien el carácter y la personalidad del
Primer Ministro canadiense. Es un hombre de
agradable conversación, buen humor, con el que
se puede entablar un intercambio interesante
sobre variados temas. Se preocupa por
determinados problemas del mundo actual y se
entusiasma con los proyectos de su preferencia,
conoce a muchas personalidades políticas, sabe
usar su experiencia y disfruta al contar
anécdotas por lo general interesantes y
oportunas. Me pareció sinceramente patriótico.
Es muy leal a su país y siente orgullo por él.
Un creyente fanático del modo capitalista de
producción, cual si fuera una religión
monoteísta, y de la ingenua idea de que esa es
la única solución para todos los países por
igual, en cualquier continente, época, clima o
región del mundo. En esa filosofía se educó. No
estoy seguro de que con ella pueda comprender
cabalmente las realidades del mundo de hoy.
Conocí a Trudeau, un estadista excepcional, de
gran modestia y humildad, pensamiento profundo y
hombre de paz; estoy seguro de que comprendió
bien al mundo y comprendió también a Cuba.
Hubo después otras actividades. Asistí a una
recepción de Chrétien en el patio de la embajada
de Canadá. Estaba alegre, conversador, de buen
ánimo. Pronto se reuniría con Clinton. Lo
acompañé hasta el aeropuerto. Ya próximo a
Boyeros le pedí que transmitiera a Clinton un
saludo y que no existían por nuestra parte
sentimientos de hostilidad hacia él. Bien
medidas las palabras. Más que otra cosa, una
cortesía con el visitante. La pagué caro. Tiempo
después recibo de Chrétien una carta de puño y
letra contándome que había transmitido a Clinton
mi deseo de mejores relaciones con él. No era
exactamente eso lo que le dije. No es mi estilo;
no se concilia con mi actitud durante toda la
vida. Podía parecer un ridículo ruego al
poderoso Presidente de Estados Unidos. Me puse a
escribir también a mano una carta a Chrétien
exponiéndole que ese mensaje no era mi mensaje.
El asunto resultaba embarazoso. No era fácil
conciliar el disgusto con los términos precisos
con los cuales debía redactarla, y de cierta
forma la aclaración se convertía, a la vez, en
una especie de crítica a nuestro amigo. Casi
pude lograrlo, pero finalmente abandoné la idea,
guardé incluso el proyecto de carta, que tal vez
sea posible encontrar en alguna vieja libreta de
notas, y me olvidé del asunto hasta hoy. Ni
siquiera su delicado gesto de escribirme de su
puño y letra pude reciprocar. Posiblemente creyó
que yo era un maleducado incorregible.
Pasaron los meses y no había noticia alguna del
proyecto haitiano, que por nuestra parte solo
esperaba una breve respuesta. Vino el huracán
Georges. Asoló a Santo Domingo y golpeó a la
vecina Haití, protegida solo por las montañas
dominicanas de 3 000 metros, próximas a la
frontera de este país, que actuaron como
barreras rompevientos, y prosiguió después hacia
Cuba.
Cuando todavía soplaban las últimas ráfagas del
Georges, al norte del occidente del país, la
noche lluviosa del 28 de septiembre, en un
discurso que pronuncié en la clausura del V
Congreso de los Comités de Defensa de la
Revolución, dije:
"Le pregunto a la comunidad internacional:
¿Quieren ayudar a ese país, invadido e
intervenido militarmente no hace mucho tiempo?
¿Quieren salvar vidas? ¿Quieren dar una prueba
de espíritu humanitario? Hablemos ahora del
espíritu humanitario y hablemos de los derechos
del ser humano.
"
[...] Sabemos cómo se pueden salvar 25 000 vidas
en Haití todos los años. Se conoce que cada año
mueren 135 niños de 0 a 5 años por cada 1 000
nacidos vivos."
[...]
"Partiendo de la premisa de que el gobierno y el
pueblo de Haití aceptarían gustosos una
importante y vital ayuda en ese campo,
proponemos que si un país como Canadá, que tiene
estrechas relaciones con Haití, o un país como
Francia, que tiene estrechas relaciones
históricas y culturales con Haití, o los países
de la Unión Europea, que están integrándose y ya
tienen el euro, o Japón, suministrara los
medicamentos, nosotros estamos dispuestos a
enviar los médicos para ese programa, todos los
médicos que hagan falta, aunque haya que enviar
una graduación completa o el equivalente."
[...]
"Haití no necesita soldados, no necesita
invasiones de soldados; lo que necesita Haití
son invasiones de médicos para comenzar, lo que
necesita Haití, además, son invasiones de
millones de dólares para su desarrollo."
Noviembre de 1998. Han transcurrido siete meses
y no hay noticias de Chrétien sobre los temas
abordados. Visita a Cuba el ministro de Salud de
Canadá, Alan Rock. Me reúno con él. Acababa de
recibir en Canadá a la doctora Nkosazana
Dlamini-Zuma, ministra de Salud de Sudáfrica.
Venía sumamente impresionado por lo que ella le
contó sobre el trabajo de los médicos cubanos en
las aldeas de Sudáfrica.
Le explico en detalle el programa de cooperación
conjunta que proponíamos. Percibí en él a un
hombre sensible y capaz, que comprendía las
posibilidades y la importancia de tales
programas. Le pedí agilizara las gestiones
relacionadas con el programa de cooperación
conjunta en Haití, y una respuesta de Canadá a
lo que había propuesto a su país no solo
personalmente a su Primer Ministro sino también
públicamente. Se comprometió a presentar un
proyecto al Primer Ministro y al Gabinete.
El 4 de diciembre Cuba envía por su propia
cuenta la primera brigada de emergencia para
asistir a las víctimas del huracán Georges.
Continuaron llegando las brigadas médicas en las
semanas subsiguientes hasta alcanzar el número
de 12 y un total de 388 cooperantes cubanos, y
todavía nuestros amigos canadienses no habían
dado señales de vida. El programa médico que
habíamos propuesto realizar conjuntamente con
Canadá estaba en marcha con el esfuerzo de Cuba,
del gobierno de Haití y el apoyo de
Organizaciones No Gubernamentales.
Ya a fines de febrero el Ministerio de
Relaciones Exteriores de Cuba informa haber
conocido por vía extraoficial que el gobierno de
Canadá donaría 300 000 dólares para el programa
médico de Haití, noticia que como es lógico nos
satisfizo mucho.
El 4 de marzo habían transcurrido más de diez
meses sin respuesta oficial de Canadá. Ese día,
sin embargo, llegó una verdaderamente
sorprendente. El ministro de Relaciones
Exteriores de Canadá, señor Lloyd Axworthy,
envió una carta al ministro de Relaciones
Exteriores de Cuba, Roberto Robaina, que entre
otras cosas comunica:
"[...] he sido informado de una ley
recientemente aprobada por la Asamblea Nacional
cubana, el 16 de febrero de 1999, titulada ‘Ley
para la Protección de la Independencia Nacional
y la Economía de Cuba’, que está dirigida a
contrarrestar el aumento de la delincuencia y
las actividades subversivas."
[...]
"He pedido a mis funcionarios que preparen un
análisis de las recientes medidas adoptadas por
Cuba, incluida la próxima condena de los
miembros del Grupo de Trabajo de la Disidencia
Interna, con vista a determinar su impacto en la
gama de actividades que hemos emprendido a tenor
de la Declaración Conjunta bilateral. Hasta
tanto no se concluya esta valoración, he
solicitado a mis funcionarios que se abstengan
de realizar nuevas iniciativas conjuntas. Le
escribiré a mis colegas del Gabinete para
ponerles al corriente de esta situación para que
reflexionen en sus propios programas de
cooperación bilateral con Cuba. En el plazo
inmediato, he detenido el análisis conjunto por
parte de mi departamento, de CIDA (Agencia de
Desarrollo Internacional de Canadá) y de Health
Canada acerca de la solicitud de Cuba para
llevar a vías de hecho la cooperación médica de
un tercer país en Haití."
[...]
"Los días venideros serán importantes para
analizar si Cuba escogerá la política de
acercamiento e integración a la comunidad global
o continuará en la dirección incierta de días
recientes. Espero que sea usted capaz de brindar
una señal que contribuya a aclarar las
intenciones de Cuba. En particular, tal señal
sería de gran utilidad para garantizar que los
recientes acontecimientos no se conviertan en
una preocupación infundada en la Comisión de
Derechos Humanos en Ginebra."
¿Casualidad?
¿Pretexto para justificar fuertes presiones de
sus vecinos del sur? ¿Insensibilidad total ante
la tragedia haitiana? No deseo hacer afirmación
alguna. Pero, ¿cómo explicar que transcurrieran
diez meses y durante ese tiempo, cuando no
habían ocurrido los hechos alegados que
motivaron tan drástica decisión y tan insolente
carta, no se diera respuesta oficial alguna?
Aun cuando no deseo ofender a nadie, ni siquiera
al ilustre autor de la misiva, es imposible
dejar de señalar el tono arrogante, prepotente,
injerencista y vengativo con que está redactada
esa carta.
Lo que a mí personalmente más me amargó no eran
las medidas punitivas y amenazas contra Cuba —a
esos castigos estamos ya acostumbrados desde
hace 42 años—, sino el hecho de que los 300 000
dólares, los cuales ni siquiera sé si eran
dólares norteamericanos o canadienses —0,64
centavos de dólar norteamericano en la
cotización de ayer 24 de abril del 2001, ya que
no he tenido tiempo para revisar a cuánto
equivalía el 15 de marzo de aquel año—, no
llegarían jamás a los enfermos haitianos. No
podía concebir que se nos castigara a costa tal
vez de miles de vidas de niños haitianos que
habrían podido preservarse, ya que en ese país
en ese momento estaban muriendo no menos de 25
000 por año, la mayor parte de cuyas muertes
podrían evitarse con simples vacunas que podían
adquirirse con aquellos dólares, fuesen
norteamericanos o canadienses. Alguien, sin duda,
cometió un gran error.
Como algo elementalmente lógico, yo había creído
la información extraoficial que me comunicaron
del Ministerio de Relaciones Exteriores. Ni
siquiera podría afirmar en este instante si fue
o no cierto.
Ya no hay nada de qué lamentarse. En Haití
laboran hoy 469 médicos y trabajadores de la
Salud cubanos. En dos años y cinco meses, hasta
el mes de abril, han pasado por allí 861
colaboradores sin cobrar por su servicio un solo
centavo al pueblo haitiano. Atienden a 5 072 000
de los 7 803 230 habitantes que tiene el país;
el 62% de la población haitiana. Han salvado
muchos miles de vidas y aliviado el dolor o
restablecido la salud de cientos de miles.
Se inició este año, con la entrega de todas las
vacunas por parte de Japón con la participación
de la UNICEF, la primera fase de la campaña
masiva de vacunación contra ocho enfermedades
inmunoprevenibles, donde Cuba asume la ejecución
del programa con el personal de salud que se
encuentra en ese país, los cuales ascenderán a
600 en el curso del presente año. Conocemos,
además, que en el futuro, y con el esfuerzo
combinado entre Francia, Japón, Cuba y Haití, se
prepara una nueva campaña de vacunación que en
cinco años propiciará que ese país sumamente
pobre y del Tercer Mundo haya alcanzado un nivel
inmunitario de un 95%.
Con la victoria obtenida por Brasil y Sudáfrica
contra los precios inaccesibles de los
medicamentos contra el SIDA, pienso que no está
lejos el día en que los haitianos puedan ser
protegidos también contra ese terrible flagelo
mediante apoyo de gobiernos dispuestos a
cooperar con recursos financieros, las
instituciones de Naciones Unidas y
Organizaciones No Gubernamentales.
Haití no es el único país con el cual el pueblo
cubano está cooperando en programas de salud
bajo el mismo principio. Son ya 15. En esos
programas colaboran 61 Organizaciones No
Gubernamentales con la participación de más de 2
272 trabajadores cubanos de la salud, de ellos 1
775 médicos.
Ya nadie podrá sabotear la cooperación de Cuba
con otros países del Tercer Mundo. Hechos y no
palabras. Acción rápida y no esperar para las
calendas griegas cuando hay seres humanos de
países pobres que están muriendo todos los días
a todas horas. A la formación de médicos con
espíritu de sacrificio, solidarios y abnegados,
nuestro pequeño país presta igualmente un
especial apoyo. Avanzar es posible, derrotar
calamidades y aliviar la tragedia humana que
abate a tantos cientos de millones de personas,
no son metas inalcanzables.
Hoy agradezco las conversaciones que sostuve con
Chrétien. Han servido para probar que las
iniciativas son posibles y también las
cooperaciones conjuntas con la participación de
dos, tres o muchos países. También demuestra que
las horas que invertimos tanto él como yo no
fueron inútiles, y yo seguí sus consejos
trabajando aún con mayor ahínco por los derechos
humanos, por salvar vidas, y tratando de
desarmar gigantescas minas antipersonales que
están poniendo a nuestro mundo al borde de
grandes explosiones.
Pequeños ejemplos de lo que cualquier pequeño
país puede ofrecer, son hoy más importantes que
grandes convenios que los poderosos convierten
en letra muerta y grandes actos de demagogia y
poses publicitarias en busca de satisfacer
vanidades y ambiciones personales.
Estoy seguro de que Trudeau jamás habría dicho
que pasó 4 horas dándole consejos a alguien que
no los había solicitado, ni buscaría
justificaciones para excluir de una reunión
cumbre a un país digno, que tampoco ha
solicitado nunca su inclusión, para firmar un
acuerdo que no habría firmado nunca.
La historia dirá quién tiene la razón
(Aplausos). |