|
Trabajo de Investigación
“Martí: Un hombre de nuestro tiempo.”
Autor:
Richard P. Mérida González
Octubre 2008
Primeras
palabras…
José Martí, (28 de enero de 1853-19 de mayo de
1895), Héroe Nacional de Cuba y figura mayor de
la historia, las letras y la cultura
hispanoamericanas. Estudio en España Derecho y
Filosofía y Letras. El Pueblo de Cuba le llama
Apóstol y Maestro.
Pensador de talla universal,
contribuyó con sus textos al surgimiento de un
nuevo lenguaje en la literatura, y con su genio
y acción política, devino continuador del
pensamiento de Bolívar, Juárez y otros próceres
latinoamericanos.
Fundador del Partido Revolucionario Cubano
(1892), organizó la "guerra necesaria" para
liberar a su patria del colonialismo español y
convocó a los pueblos de "Nuestra
América" a conquistar su "segunda
-independencia", ante el inminente expansionismo
del emergente imperialismo de Estados Unidos.
Poco se conoce sobre el quehacer diplomático de
José Martí, limitado a su
desempeño consular y a su
participación como delegado a la
Conferencia Monetaria de 1891. Sin
embargo, en el proyecto político independentista
por él diseñado quedó su impronta diplomática.
En su condición de delegado del Partido
Revolucionario Cubano puso en práctica su
concepción de política exterior que, basada en
el latinoamericanismo y el antimperialismo, no
limitaba su desempeño al establecimiento de
nexos con los gobiernos y las extendía a los
pueblos
En diciembre de 1889, Martí pronunció un
discurso conocido como
Madre América, que constituye todo un
proyecto de política exterior, donde fija los
principios que debían regir las relaciones
interamericanas y la unidad de nuestros pueblos
como fuerza imprescindible para frenar y
enfrentar la conquista de América Latina por los
Estados Unidos.
Un día antes de su caída en combate, escribió,
en carta inconclusa a su entrañable amigo
mexicano Manuel Mercado, esclarecedoras e
impresionantes revelaciones, que han devenido su
testamento político.
¿Pero cómo era Martí ciertamente, más allá de la
historia, Martí en carne y huesos como cualquier
mortal?
Martí, el hombre…
Martí, no era alto, sino por el contrario de estatura normal, de unos
cinco pies y medio. Delgado, de muchacho y de
adolescente, ligeramente más grueso en la
treintena, ni siquiera en sus últimos años,
según datos recogidos entre personas que le
conocieron, nunca llegó a pesar más de unas 130
a 140 libras. Su aspecto exterior, puede decirse
que era el del tipo promedio de criollo,
parecido en su delgadez y poca estatura a muchos
de los tabaqueros emigrados a Tampa y Cayo
Hueso, que tanto le amaron y que contribuyeron a
manos llenas a la causa de la revolución.
Sus cejas eran pobladas, grueso el bigote, y más
bien fina la mosca que adornaba el mentón firme.
Firmeza revelaba también la nariz recta,
mientras que sus orejas se encontraban separadas
de la cara algo más de lo natural, según sus
propias declaraciones a Fermín Valdés Domínguez,
por los tirones que le dieron sus maestros,
cuando niño, en una escuelita de barrio de La
Habana.
En el hablar suave, nunca estridente, persuasivo
más que agresivo, en sus discursos
revolucionarios, su palabra llegaba, sin
embargo, a romper el aire como tajo de machete.
Y es que a medida que hablaba su figura se
agigantaba, parecía estar en "trance", y
entonces su voz, según personas que le oyeron,
se volvía progresivamente más fuerte y vibrante.
Iniciaba sus discursos con voz lenta, poco
perceptible, aumentando en volumen hasta
alcanzar un acento evangélico, rebosante de
honda sinceridad. Era entonces cuando
electrizaba al público.
Martí era de vestir modesto, pero pulcro. Su
traje y su corbata eran negros, en símbolo de
luto por ser Cuba esclava. Usó también un anillo
de hierro -que no ha sido hallado-, hecho de un
pedazo de la cadena que llevó cuando era el
preso 113, en que estaba grabada la palabra
"Cuba".
Inquieto y nervioso, Martí era de rápido andar.
En Nueva York, subía las escaleras de su oficina
en Front Street y las de los ferrocarriles
elevados casi corriendo. Sin duda, la mejor
descripción general de su persona y carácter es
la que hiciera Enrique Collazo como sigue: "Era
pequeño de cuerpo, delgado; tenía en su ser
encarnado el movimiento; grande y vario su
talento, veía pronto y alcanzaba mucho su
cerebro; fino por temperamento, luchador
inteligente y tenaz que había viajado mucho,
conocía el mundo y sus hombres; siendo
excesivamente irascible y absolutista, dominaba
siempre su carácter, convirtiéndose en un hombre
amable, cariñoso, atento, dispuesto siempre a
sufrir por los demás; apoyo del débil, maestro
del ignorante, protector y padre cariñoso de los
que sufrían; aristócrata por sus gustos, hábitos
y costumbres, llevó su democracia hasta el
límite. Era muy nervioso, un hombre ardilla;
quería andar tan de prisa como su pensamiento,
lo que no era posible. Subía y bajaba las
escaleras, como quien no tiene pulmones. Vivía
errante, sin casa, sin baúl y sin ropas; dormía
en el hotel más cercano de donde le cogía la
noche o el sueño; comía donde fuera mejor y más
barato, ordenaba una comida admirablemente y sin
embargo comía poco; días enteros se pasaba con
vino Mariani; quería agradar a todos y tenía la
manía de hacer conversiones, así es que no le
faltaban desengaños. Era un hombre de un gran
corazón, que necesitaba un rincón donde querer y
ser querido. Tratándole se le cobraba cariño a
pesar de ser extraordinariamente absorbente."
Martí, en efecto, con ser respetuoso de las
opiniones de los demás, estaba convencido de sus
doctrinas e ideales, defendiéndolos con calor y
apasionamiento. No cejaba en la ruta que se
había impuesto y sabía mantener sus convicciones
con tesonero, valiente y hasta arrogante gesto.
Lo probó frente a la España colonial, en el
presidio político, en el mismo Madrid, en todos
los momentos, cuando la famosa entrevista con
Máximo Gómez y Antonio Maceo en Nueva York, en
1884, al negarse altivamente a unirse a los
planes bélicos de los dos grandes soldados de la
guerra del 68 por entender que ellos pretendían
convertir a Cuba en "un campamento"; y, por
último, en la borrascosa conferencia con el
propio Maceo en La Mejorana, y en muchas
ocasiones más.
De trato encantador con las damas, entre las que
contaba con grandes simpatías y afectos por sus
modales caballerescos, amenizaba sus charlas con
ellas con reseñas plenas de colorido sobre arte,
en especial de música, que lo emocionaba
profundamente, de pintura, de la cual era un
gran conocedor y amante, o de teatro, que
siempre fue una de sus aficiones predilectas
desde niño. Y, en más de una ocasión, obsequiaba
a sus gentiles oyentes con una taza de sabroso
chocolate humeante, preparado con sus propias
manos.
Su amor por los niños es sobradamente conocido.
Tenía "alma de niño" y de ello son prueba sus
bellos trabajos en la revista infantil "La Edad
de Oro", pero lo que más le gustaba era
contarles a los niños las maravillas de la
naturaleza, llevarlos a estudiar plantas,
flores, aves e insectos, enseñarles las bellezas
de la tierra, para que las entendieran y amaran
mejor.
Trabajador infatigable, escribía diez o más
cartas, varios manifiestos revolucionarios,
artículos para Patria, correspondencias para
diarios sudamericanos, versos, todo en un solo
día. Y aún le quedaba tiempo para llevar a sus
libros de apuntes alguna nota íntima o curiosa.
Dormía poco y con inquietud. Cuando los
pensamientos se agolpaban a su cerebro en los
días angustiosos en que preparaba la última
guerra de independencia, pocas eran sus horas de
descanso. Sentía como "hojas en la tormenta",
sus "cejas rozando la almohada", y cuando
conciliaba por fin el sueño, se agitaba de lado
a lado de la cama, hablando en voz alta, como en
acceso de fiebre.
Frágil de cuerpo, precario de salud, con una
dolorosa herida inguinal, causada por la cadena
de presidiario, herida que llevó con estoicismo
desde la adolescencia hasta la muerte en Dos
Ríos, cuando llega la hora de impulsar el
pequeño bote que ha de llevarlo a la costa
cubana se disputa con sus compañeros el derecho
de remar. Y rema con fuerza sorprendente para
aquellas manos fina;, para aquella mano que
moviera una de las plumas más brillantes del
nuevo continente.
Y cuando pisa suelo cubano, se abre camino entre
espinales, pedregales, vadea ríos, escala
ásperas laderas con la pesada carga, le quiere
quitar al viejo Gómez la suya; llena de
admiración a todos por su indomable espíritu,
que le hace olvidar su endeble estructura
física; deja atónitos a los curtidos soldados
mambises, que nunca le creyeron capaz de
resistir los duros rigores de la manigua.
Comparte con ellos su rancho, sus vicisitudes,
sin una queja, alegremente, y cuando le llega la
hora, "su hora", de supremo sacrificio va hacia
él conscientemente, sin miedo, con una sonrisa a
flor de labios.
Tal era Martí, hombre ante todo; pero hombre en
el más alto sentido; y humano también en el más
elevado grado de lo que debe ser el mejor
concepto de humanidad.
Martí, el poeta…
Como poeta “en versos” (ya que más aún, como él quería, lo fue “en
actos”) Martí descubrió antes que todos la
verdadera “musa nueva” de una modernidad
florecida a partir de la raíz hispánica, en
Ismaelillo (1881); descubrió el verbo
desnudo, visionario y “protoplasmático”,
anterior a la escisión de verso y prosa, como
observó Unamuno, antes que el propio Unamuno de
El Cristo de Velásquez, y descubrió,
antes que Antonio Machado, el uso del acento
popular para la expresión alta de una concepción
del mundo que vibra con todas las cuerdas del
alma, y las armoniza, en Versos sencillos. Sus
contemporáneos sucesivos son, después de Rubén
Darío –al que llamó “hijo” y que a él lo llamó
“maestro”–, Gabriela Mistral, César Vallejo y
José Lezama Lima, que en 1960 dijo que es él,
Martí, quien nos acompaña en esta última era,
“la era de la posibilidad infinita”.
Como crítico literario; se adelantó más de medio siglo a la crítica
llamada de participación, que propuso Leo
Spitzer en su libro Lingüística e historia
literaria (1955). Totalmente al margen de la
crítica normativa y preceptiva, que se
practicaba en su tiempo junto con la caprichosa
o denigrante, Martí –observé desde 1976– se
sitúa intuitivamente “dentro de la obra”, en su
centro cordial, y desde allí descubre “las leyes
que la rigen”, que es lo mismo que pediría
Spitzer. Dos ejemplos: “El poeta Walt Whitman”,
también crónica ensayística, que instaló al gran
rapsoda norteamericano en nuestra lengua, y
“Nueva exhibición de los pintores
impresionistas”, con una comprensión artística y
social de aquella escuela que no ha sido
superada.
Martí periodista…
Como periodista, Martí le injertó al periódico, antes que la generación
del 98, la savia del ensayo, según es evidente
en “Emerson”, “Darwin ha muerto” y,
cenitalmente, “Nuestra América”. Abrió el compás
de la crónica y el reportaje hasta dimensiones
pictóricas, muralistas o de un detallismo
sorprendente, e incluso pre-cinematográficas por
las amplitudes panorámicas, los súbitos close-ups
y el contrapunto de los tiempos. Véanse como
ejemplos, entre muchos, la última crónica sobre
los anarquistas de Chicago, en que su horizonte
ideológico da un giro importante, y “El
terremoto de Charleston”, en que asistimos, como
banda sonora, al nacimiento de un “spiritual”
desde la desolación y la catástrofe. No ha
aparecido todavía el relevo de Martí en el
periodismo hispanoamericano.
Martí y su pensamiento político…
Antiimperialismo:
De la época cuando estudió en España, durante su
primera deportación, se conserva al menos un
cuaderno de apuntes personales del joven José
Martí. Se presume -y puede asegurarse sin un
gran margen de error- que esas anotaciones daten
del año 1871, cuando el futuro Héroe Nacional
cubano tenía tan solo l8 años de edad. Su envío
obligatorio a la Península había tenido como
causa –sabido es- las activas posiciones
independentistas que había asumido a partir de
l0 de octubre de 1868. A su destierro había
precedido un duro período de cárcel y de
trabajos forzados en las canteras: en prisión
había cumplido los 17 años de edad.
Parecería, a una mirada superficial, que su extrema juventud solamente
le habría dado ocasión a una toma de partido
–definitiva y certera- junto a las fuerzas
anticolonialistas que habían iniciado en su
patria la lucha armada contra el dominio
español. Y, sin embargo, las reflexiones que
recoge en aquel cuaderno de apuntes de l871
constituyen una muy convincente expresión de la
notable agudeza que ya hacia la época había
alcanzado no solo en la percepción de nuestras
características peculiares como pueblo, sino
–sobre todo- en la comprensión de la existencia
de diferencias esenciales, entre nuestro pueblo
y el de los Estados Unidos, así como de la
necesidad de que nuestro camino hacia más altos
niveles de desarrollo –hacia lo que él llamaría
"prosperidad"- se diferenciara de manera
esencial del que había recorrido el vecino país.
Así, anota en su cuaderno:
Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.-Nosotros
posponemos al sentimiento la utilidad.
Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos
vendían mientras nosotros llorábamos, si
nosotros reemplazamos su cabeza fría y
calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su
corazón de algodón y de buques por un corazón
tan especial, tan sensible, tengan nuevo que
solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo
queréis que nosotros nos legislemos por las
leyes con que ellos se legislan? Imitemos.
¡No!–Copiemos. ¡No!-Es bueno, nos dicen. Es
americano, decimos. –Creemos, porque tenemos
necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a
la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse
(...) ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos
pueblos diferentes? Las leyes americanas han
dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo
han elevado también al más alto grado de
corrupción. Lo han metalificado para hacerlo
próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta
costa!
En síntesis: si en 1871 ya expresa su convicción de que somos
diferentes –y esa convicción no es sino un
primer momento en su paulatina y constante
profundización en el conocimiento de la
especificidad latinoamericana-, muy pocos años
después, ya radicado en México, y fuertemente
imbuido del formidable espíritu de defensa de
aquel país ante las crecientes amenazas y
agresiones norteamericanas, irá quedando cada
vez más claro para el joven revolucionario
cubano que esas diferencias se expresan, además,
en una relación de oposición en la cual el país
que ha alcanzado con determinadas leyes y
determinada organización social "el más alto
grado de corrupción", es a la vez el agresivo
victimario –por similar proceso de
metalificación- de los otros países que se
extienden al sur de la frontera.
Los últimos años de la década del 70 y los primeros de la década del 80
corresponden a un período de muy rápida
evolución en el calado del pensamiento de José
Martí en relación con la situación continental.
En 1878 aún está una parte del año en Guatemala,
pero a mediados de año se habrá trasladado a
Cuba, donde inicia una etapa conspirativa que le
conduce a que en junio de 1879 sea nombrado
subdelegado del Comité Revolucionario Cubano de
Nueva York. Pocas semanas después de comenzada
la llamada Guerra Chiquita, es deportado
nuevamente a España. Antes de terminar el año,
escapa hacia Francia, y de allí viaja a Nueva
York. En esta ciudad permanece durante todo el
año 1880, hasta que en enero de l881 se radica
en Caracas. El 28 de julio de ese año se ve
obligado a abandonar Venezuela. A partir de
entonces, se establece definitivamente en Nueva
York.
Han sido –no puede dudarse- años de muy intenso bregar y de muy
profundo aprendizaje. La ampliación de su
experiencia latinoamericana le ha hecho ahondar
su conciencia de la urgencia de la unión para
nuestras tierras. En ello insiste con frecuencia
una vez iniciada la década del ochenta. Y un
elemento determinante vendrá a dar concreción a
la visión que va configurando del conjunto del
continente: ahora, a medida que conoce por
dentro la misma sociedad norteamericana que ya
ha visto como agresora de México y de la cual ha
tenido criterios certeros desde 1871, se va
precisando su lucha activa por un doble
objetivo: Primero, por hacer ver a nuestros
pueblos la necesidad de esquivar el tránsito por
el mismo camino recorrido por el vecino del
Norte; segundo, por propiciar que nuestras
tierras generen los elementos defensivos que les
permitan resistir a la agresiva convivencia, y
sobrevivir a ella.
Martí no deja de reflejar, de alguna forma, la fascinante atracción que
en la época aún ejerce el ordenamiento
democrático originario –de parcialmente
sostenida vigencia- de la sociedad republicana
norteamericana. Pero la medida del contenido
altamente crítico de sus posiciones vendrá dada,
sobre todo, por la fuerte censura a que es
sometida su función de corresponsal de
periódicos tan importantes como La Nación,
de Buenos Aires, y La Opinión Nacional,
de Caracas. Aunque son conocidos estos
incidentes, debemos hacer referencia a las
situaciones que en 1882 se crean alrededor de
los reportajes o crónicas desde los Estados
Unidos escritos por José Martí. En efecto, en
mayo de 1882, Fausto Teodoro Aldrey, uno de los
propietarios de La Opinión Nacional,
le plantea, en relación con los criterios que
acerca de los Estados Unidos Martí hace llegar a
sus lectores latinoamericanos:
Hágole además una recomendación muy encarecida, a saber: que procure en
sus juicios críticos no tocar con acerbos
conceptos a los vicios y costumbres de ese
pueblo, porque esto no gusta por aquí, y me
perjudicaría.
A su vez, el director de La Nación, de Buenos Aires, en
septiembre de ese mismo año, le plantea, con
motivo de haberle censurado parte de una
crónica:
Sin desconocer el fondo de verdad de sus apreciaciones y la sinceridad
de su origen, hemos juzgado (...) su esencia,
extremadamente radical en la forma absoluta en
las conclusiones (...) La parte suprimida de su
carta, encerrando verdades innegables, podía
inducir en el error de creer que se abría una
campaña de denunciation contra los
Estados Unidos como cuerpo político, como
entidad social, como centro económico.
Estos episodios no hacen sino ratificar que hacia los primeros años de
la década del 80, las posiciones de José Martí
eran extremadamente críticas con respecto a la
sociedad norteamericana, y denotaban su plena
oposición a los resultados históricos de su
evolución nacional.
Eso, en lo interno. En lo relativo a la coyuntura continental, a su
visión cada vez más perfilada de la situación
gravísima del continente, resultante de la
relación entre ambas secciones del mismo, sus
posiciones son de extraordinaria elocuencia. En
1881, clama porque sepamos defendernos, por
"hacernos dueños de nosotros, y prepararnos de
manera que no sirvamos ciegamente a sombrías
intenciones o a vergonzantes intereses". Y en
fecha que hemos podido precisar como
inmediatamente posterior a julio de 1882, Martí
apuntaba –en relación con el proyecto de
construcción de una vía ferrocarrilera en una
sección del sur del continente:
¡Que la Inglaterra (...) ha obtenido ya la concesión de la mitad de la
vía! –Pues lo que otros ven como un peligro, yo
lo veo como una salvaguardia: mientras llegamos
a ser bastante fuertes para defendernos por
nosotros mismos, nuestra salvación, y la
garantía de nuestra independencia, están en el
equilibrio de potencias extranjeras rivales.-
Allá, muy en lo futuro para cuando estemos
completamente desenvueltos, corremos el riesgo
de que se combinen en nuestra contra las
naciones rivales, pero afines, –(Inglaterra,
Estados Unidos): de aquí que la política
extranjera de la América Central y Meridional
haya de tender a la creación de intereses
extranjeros, –de naciones diversas y
desemejantes, y de intereses encontrados, -en
nuestros diferentes países, sin dar ocasión de
preponderancia definitiva a ninguna, aunque es
obvio que ha de haber, y en ocasiones ha de
convenir que haya, una preponderancia aparente y
accidental, de algún poder, que acaso deba ser
siempre un poder europeo.
Desde luego: no puede Martí rehuir la relación comercial con los
Estados Unidos ni con otros países de fuerte
desarrollo industrial. La época ni se lo exige,
ni se lo permite. Pero a la vez que propugna
relaciones que puedan hacer más viable el avance
económico y social de nuestros pueblos, está
denunciando las tendencias de absorción ya
claramente perceptibles en el gigante que crece
al norte del continente. Y tan temprano como en
enero de 1883 advierte sin rodeos acerca de los
peligros implícitos en la política que en los
Estados Unidos da por supuesto "que un poder
continental, en suma, tiene que acumular
capitales, y atraerse fondos de repuesto para
vaciarse en la hora precisa sobre el
continente".
Si analiza para el público latinoamericano un proyecto de tratado entre
México y los Estados Unidos, destaca los
peligros: lo califica de "acontecimiento de
gravedad mayor para los pueblos de nuestra
América Latina", y señala:
El tratado concierne a todos los pueblos de la América Latina que
comercian con los Estados Unidos. No es el
tratado en sí lo que atrae a tal grado la
atención; es lo que viene tras él. Y no hablamos
aquí de riesgos de orden político (...) Hablamos
de lo único que nos cumple, movidos como estamos
del deseo de ir poniendo en claro todo lo que a
nuestros intereses afecta: hablamos de riesgos
económicos.
Sí comenta, en 1884, la necesidad de comercio entre ambas partes del
continentes, pone énfasis en alertar:
Hay provecho, como hay peligro, en la intimidad inevitable de las dos
secciones del continente americano. La intimidad
se anuncia tan cercana, y acaso por algunos
puntos tan arrolladora, que apenas hay el tiempo
necesario para ponerse en pie, ver, y decir.
Aún no ha expresado cómo oponerse al imperio que está viendo surgir.
Aún –incluso- su utilización del término
"imperialistas", que es solamente un empleo
casual al inicio de la década del 80, carece de
las connotaciones que llegará después a tener, y
sigue muy de cerca la utilización que da al
concepto la propia prensa norteamericana de la
época. Pero ya se ha erguido frente al fenómeno
cuya evolución testimonia, y denuncia con
agudeza no solo sus peligros, sino también sus
mecanismos.
Es lo que sucede, por ejemplo, con los convenios que Estados Unidos ha
estado preconizando en la época, y cuya función
como mecanismos de dominación y penetración
económica Martí ha captado de manera cabal. Así
lo demuestra, por ejemplo, su crónica a La
Nación, de Buenos Aires, fechada 15 de enero
de 1885. Sus palabras no dejan lugar a dudas de
que ha calado muy hondo en el sentido de las
transformaciones que se están operando en los
Estados Unidos, y en las consecuencias directas
e inmediatas que ello puede implicar para el
resto de América. En Estados Unidos –dice- se
está "en el momento de un grave cambio
histórico, de trascendencia suma para los
pueblos de América". Se trata "de un conjunto de
medidas que implican el cambio más grave que
desde la guerra han experimentado acaso los
Estados Unidos". Mediante los convenios que han
firmado, fundamentalmente, con Santo Domingo y
(a través de España) con Cuba y Puerto Rico,
prevé Martí que "cuanto acá (en Estados Unidos)
sobra, y no tiene por lo caro donde venderse,
allá entrará sin derechos, como acá los
azúcares. Y vendrán los Estados Unidos a ser,
como que les tendrán toda su hacienda, los
señores pacíficos y proveedores forzosos de
todas las Antillas".
No escapa a su sagacidad analítica –y sabemos la importancia que ello
tiene como expresión de su aguda penetración en
la comprensión del fenómeno que atestigua- que
"alentado el crédito en la Isla (se refiere a
Cuba) y aguzada por la penuria la natural
perspicacia de sus habitantes, se establecerán
con capitales americanos acaso, múltiples
empresas que ocasionarían demanda extraordinaria
de artículos de único mercado donde tendría la
Isla crédito y dinero".
Insistimos en la fecha (enero de 1885) porque pensamos que es
precisamente al iniciarse la segunda mitad de la
década del ochenta que ya podemos hablar de una
oposición consciente de Martí a cada avance de
aquel imperialismo en formación, en la misma
medida en que se van haciendo perceptibles
nuevas manifestaciones del mismo en la relación
entre las dos secciones opuestas del continente.
Solo dentro de esta óptica nos parece posible analizar sus posiciones y
sus principios en relación con un tema de gran
actualidad: una deuda de México a acreedores
norteamericanos. Es, dentro de la evolución de
pensamiento que estamos analizando, un muy
destacado momento en que Martí deja planteada
–como veremos- la urgente necesidad de oposición
a la relación de sometimiento que aspira a
lograr el naciente imperio.
En efecto, hacia el mes de julio de 1885, el gobierno mexicano se ve en
la necesidad –muy de acuerdo con los intereses
nacionales del hermano país- de suspender el
pago de las subvenciones conveniadas con un
grupo de compañías norteamericanas.
Martí narra con detalles –en una crónica suya a La Nación, el ya
mencionado periódico bonaerense- los
antecedentes de este endeudamiento. Explica que
fue "libremente, sin intervención alguna del
gobierno de los Estados Unidos, y estipulando
que en caso alguno que resultara de su convenio
acudirían a él", que ciertas compañías
ferrocarrileras norteamericanas contrataron con
el gobierno mexicano la construcción de vías
férreas en y desde México. En los convenios se
acordaba que este país apoyaría económicamente
las construcciones mediante el pago de grandes
subvenciones a las compañías contratantes.
Fue el gobierno mexicano el que, "calculando mal los ingresos futuros
del erario, ofreció de gobierno a contratante
particular estos subsidios". Pero para Martí
estaba claro que las compañías contratantes
"bien pudieron ver", como veía todo calculador
juicioso, que México no había de poder, a los
pocos años, pagar las subvenciones ofrecidas".
Según lo conveniado, los ferrocarriles fueron construidos. Sin embargo,
a la vuelta de muy corto tiempo, al arribar al
poder un nuevo gobierno, "halló a la nación en
quiebra": tenía un fuerte déficit en el
presupuesto anual; tenía contra sí altísimas
obligaciones legales. La deuda se había
convertido en impagable: México "ni cubrir su
presupuesto podía, cuánto más pagar esa deuda
enorme".
Tan altas eran las subvenciones ofrecidas –afirma Martí- que, de
pagarlas, "consumirían todas las entradas
naturales" de la nación. Y entonces, "¿de qué
viviría el país?" Dejaba ya de ser un problema
financiero, para convertirse en un grave
problema político: estaba en peligro la propia
vida del país, y había que evitar las
consecuencias terribles de un colapso de la
economía nacional.
Es evidente que la situación por la que atravesaba México no hacía sino
prefigurar precozmente la que más tarde
afectaría al conjunto de los países de nuestra
América y del llamado Tercer Mundo. Y las
posiciones de principio que Martí asumía ante la
suspensión de los pagos, hurgaban con acierto en
las raíces de la crisis. No escapaba del agudo
observador que los compromisos habían sido
contraídos por un gobierno que llegó a
caracterizarse –como después otros muchos del
continente- por la malversación y el malgasto,
por "los abusos que hicieron pública granjería
del erario mexicano". Pero si bien podía
considerarse que acaso el gobierno en cuestión
no debió ofrecer las subvenciones que ahora el
país adeudaba, la culpabilidad esencial real
Martí la atribuía a los acreedores
norteamericanos: "¿por qué, libres los
contratantes para observar y prever, las
aceptaron?" Y afirmaba: "Como cien millones de
pesos emplearon los norteamericanos en
ferrocarriles en México. A ciegas no pudo ser ni
sin prever y estudiar sus consecuencias".
El nuevo ejecutivo mexicano actúa con decisión y "afronta enérgicamente
la situación desesperada": reduce los gastos del
gobierno, suspende el pago de las subvenciones.
Lo hace –Martí lo destaca- "provistos de amplios
poderes por el Congreso". Es un acto que recibe
todo el apoyo político y moral de José Martí: un
acto que "está conforme a la ley y necesidad".
Para el cabal revolucionario es –puede
afirmarse- un caso de libre ejercicio de la
soberanía, en un contexto en el cual los Estados
Unidos niegan a México (y sabemos que no
solamente a él) sus derechos de nación
independiente. Así, denuncia el Maestro:
No parece que (los Estados Unidos) reconocen el derecho de México a
hacer, sino que le permiten que haga. Apenas
México afirma con un acto desembarazado, y
siempre hábil y correcto, su personalidad de
nación, acá (en los Estados Unidos) se toma a
ofensa y se ve el caso no por el derecho de
México de ponerlo a su interés, sino por el
deber de México de no hacer cosa que no sea
primeramente en el interés de los Estados
Unidos.
Para Martí, no hay reclamación posible por parte de los acreedores: la
decisión de suspender los pagos de aquella deuda
"pudo y debió ser prevista por los que se
expusieron libremente a ella". Pero no solo los
condena moralmente, sino que va mucho más allá y
busca en los propios mecanismos de la sociedad
norteamericana –en la necesidad de expansión y
dominación de aquel naciente imperialismo- el
verdadero trasfondo y las intenciones reales que
pudieron haber movido a la firma de tales
convenios. Dice, en relación con las
pretensiones de los acreedores norteamericanos:
Si estos entraron a correr este riesgo, a pesar de él, o tal vez por
tener ocasión en él de cosas mayores, o porque
este riesgo que se preveía pudiera dar a algún
político ambicioso ocasión de conquista,
merecido tienen por su deslealtad o su codicia
el apuro que pudieron prever o acaso
desearon.
Ni por razones económicas, ni por razones políticas, ni por razones
morales, se podía continuar haciendo efectivos
los pagos de aquella deuda. El país –para Martí-
estaba en el derecho pleno de suspenderlos y
defender a su pueblo de una crisis que afectaba
a la vida misma de la nación. Y Martí dejaba
clara y sólidamente definidos sus principios en
relación con esta suspensión de pagos que
constituía, en realidad, un acto de soberanía de
la nación afectada.
Más aún: como testimonio de su aguda comprensión de las realidades del
continente, de su temprana previsión de males
que habrían de generalizarse en nuestras
tierras, Martí concluía su análisis y postulaba
–en afirmación que se proyecta audaz hacia
nuestra propia contemporaneidad:
Así queda, briosamente sentado en México, y en hora todavía oportuna,
el problema de mayor interés que presenta acaso
la política continental americana.
Estas posiciones son importantes no solo por su evidente actualidad y
porque definen los principios martianos ante
fenómenos de tanta trascendencia como la
suspensión de los pagos en cuestión, sino porque
demuestran su desvelo por destacar y divulgar
toda repuesta que pudiera resultar ejemplar y
útil a la hora de abordar la cuestión de las
relaciones entre nuestros países y los Estados
Unidos; a la hora de enfrentar, por parte de
nuestros pueblos, ese que Martí consideraba "el
problema de mayor interés que presenta a caso la
política continental americana".
Contra el
imperio
La comprensión de las posiciones que ha visto desarrollar en los
Estados Unidos en relación con Cuba será un
elemento determinante en la configuración y
elaboración definitiva de la estrategia
revolucionaria y antimperialista que para el
conjunto del continente ya ha comenzado a
concebir.
Así, en mayo de 1886 –y haciendo referencia a una entrevista sostenida
al menos un año antes, o sea, en 1885- Martí
desentrañaba el sentido de esas posiciones de
Estados Unidos con respecto a Cuba, a la vez que
se describe a sí mismo en la función que ha
venido realizando: "quien ha vivido en ellos (en
los Estados Unidos), ensalzando sus glorias
legítimas, estudiando sus caracteres típicos,
entrando en las raíces de sus problemas, viendo
cómo subordinan a la hacienda la política,
confirmando con el estudio de sus antecedentes y
estado natural sus tendencias reales,
involuntarias o confesas: quien ve que jamás,
salvo en lo recóndito de algunas almas
generosas, fue Cuba para los Estados Unidos más
que posesión apetecible sin más inconveniente
que sus pobladores, que tienen por gente
levantisca, floja y desdeñable; quien lee sin
vendas lo que en los Estados Unidos se piensa y
escribe desde la odiosa carta de instrucciones
de Henry Clay en 1828", ese –señala Martí más
adelante- "ve con duelo mortal" las intenciones
anexionistas de los Estados Unidos, y sabe que
"tal vez sea nuestra suerte que un vecino hábil
nos deje desangrar a sus umbrales, para poner al
cabo, sobre lo que quede de abono para la
tierra, sus manos hostiles, sus manos egoístas e
irrespetuosas".
No importa que en relación con las formas políticas de la absorción,
Martí aún se refiera aquí a la anexión: el
propio naciente imperialismo mantuvo esa hasta
entonces única variante como propósito y como
proyecto, hasta que la propia práctica de la
ocupación militar de Cuba (1898-1902) le
demostró la posibilidad de someter económica,
cultural y políticamente al país sin necesidad
de recurrir a la incorporación directa. Martí
intuye –y es lo más importante- que las vías de
penetración que los Estados Unidos ya han
comenzado a utilizar pueden llegar a
convertirlos –ya lo hemos visto- en "los señores
pacíficos y proveedores forzosos de todas las
Antillas". Y tanto lo uno como lo otro denota la
clara conciencia que ya en la época ha alcanzado
de los verdaderos objetivos finales de la
estrategia que en relación con Cuba está tomando
cuerpo en los Estados Unidos. Este sería un
primer punto a destacar en el análisis de este
tercer momento en la evolución de su pensamiento
antimperialista.
Ello está teniendo lugar, por otra parte, en un contexto que ya ha dado
inteligibles evidencias del papel entreguista
que en la relación entre las dos secciones
opuestas del continente desempeñan las propias
burguesías de los países latinoamericanos. Martí
lo ha percibido, y en enero de 1885 –con la
discreción a la que ya sabemos que le obligan
sus artículos de prensa- ha emitido sus
criterios al respecto: para él, "de las
revoluciones y pobrezas que (...) han agitado
nuestros países de América, ha venido a los
hombres activos de ellos un inmoderado deseo,
saludable y urgente cuando se encierra en
naturales límites, de desarrollar, a costa aún
de la libertad futura de la nación, sus riquezas
materiales.
Haber llegado a tales convicciones en estos años cruciales de l886 y
1887 en relación con la urgencia de sacar a Cuba
de manos del expansionismo norteamericano y de
sus aliados cubanos, e insertar esas
convicciones en el fondo previo –que ya hemos
visto- de la denuncia constante del peligro que
se cierne sobre la parte nuestra del continente,
constituyen, en nuestra opinión, las premisas
básicas que permitieron a José Martí no solo
elaborar y concebir, sino tener lista en el
momento preciso, la respuesta revolucionaria que
el continente en su época exigía; es lo que
permitirá poner de inmediato, en cuanto la
situación lo reclama, la puesta en práctica de
una estrategia antimperialista continental que
resumiera de manera genial el día antes de su
muerte: "impedir a tiempo con la independencia
de Cuba que se extiendan por las Antillas los
Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más,
sobre nuestras tierras de América".
No se trata, desde luego, de que Martí tuviera definidos y presentes
todos los elementos que habrían de intervenir en
esta estrategia, ni de que pudiera –mucho menos-
anticiparse a su propia intensa práctica
revolucionaria de 1889-1895. Ese sería, desde
luego, el período de mayor enriquecimiento de
sus concepciones, a partir de los apremiantes
requerimientos de la acción. Pero creemos
posible afirmar que, en lo esencial, la
concepción de la independencia de Cuba (y de
Puerto Rico) como valladar a la expansión
imperialista está ya lograda en Martí en el
momento en que los Estados Unidos declaran
llegado el momento de lanzarse, en agresivo y
generalizado vertimiento, sobre la parte nuestra
del continente.
Este momento llegó, sin lugar a dudas, con la convocatoria y el inicio
en Washington, en octubre de l889, de la
Conferencia Internacional Americana. Martí la
identificará públicamente como "el planteamiento
desembozado de la era del predominio de los
Estados Unidos sobre los pueblos de América", y
la calificará de "primera tentativa de dominio".
No nos referiremos –son suficientemente conocidos- a sus imperiosos
llamados, con motivo de la Conferencia, en pos
de la unidad latinoamericana y en contra de las
aspiraciones del imperio. Recordemos solamente
su urgencia por "decir, porque es la verdad, que
ha llegado para la América española la hora de
declarar su segunda independencia".
Pero sí es necesario destacar que alrededor de la Conferencia se busca
por los Estados Unidos –de manera velada e
indirecta, y mediante planes que tienden a
disimular el resultado final- el apoyo de los
países de nuestra América a una virtual
absorción de Cuba por aquel país. Y en dos
cartas fechadas en Nueva York el l6 de noviembre
de 1889, pocas semanas después de iniciadas las
actividades de la Conferencia, Martí hace
referencia directa a la nueva situación que se
ha creado para Cuba y para el continente.
En la primera, dirigida a Serafín Bello, de Cayo Hueso, explica que se
trata "de un Congreso de naciones americanas
donde, por grande e increíble desventura, son
tal vez más las que se disponen a ayudar al
gobierno de los E. Unidos a apoderarse de Cuba,
que las que comprenden que les va su
tranquilidad y acaso lo real de su
independencia, en consentir que se quede la
llave de la otra América en estas manos
extrañas. Llegó ciertamente para este país (los
Estados Unidos), apurados por el proteccionismo,
la hora de sacar a plaza su agresión latente, y
como ni sobre México ni sobre el Canadá se
atreve a poner los ojos, los pone sobre las
islas del Pacífico y sobre las Antillas, sobre
nosotros. Podríamos impedirlo, con habilidad y
recursos (...)". Y añade: "En la soledad en que
me veo (...) lo he de impedir".
En la segunda, dirigida a Gonzalo de Quesada, escribe: "El interés de
lo que queda de honra en la América Latina, -el
respeto que impone un pueblo decoroso- la
obligación en que esta tierra está de no
declararse aún ante el mundo un pueblo
conquistador –lo poco que queda aquí de
republicanismo sano- y la posibilidad de obtener
nuestra independencia antes de que le sea
permitido a este pueblo por los nuestros
extenderse sobre sus cercanías, y regirlos a
todos: -he ahí nuestros aliados, y con ellos
emprendo la lucha".
Estas parecen ser las dos primeras veces que deja expresada, por
escrito, su estrategia. Pero, en realidad, la
Conferencia ha sido, tan solo, la declaración de
la guerra. De sus propias palabras se hace
evidente que se trata de una estrategia y de
elementos de acción ya concebidos previamente.
En efecto, desde tiempo atrás ha intentado,
incluso, fundar un periódico donde divulgar, con
urgencia, esas ideas. Y dice: "Yo sé lo que
haría, y lo que puedo hacer, y cuán pronto lo
haría. Y lo que pueda, lo haré. Ya estaría el
periódico publicado, por Cuba y por nuestra
América, que son unas en mi previsión y mi
cariño, si pudiese decidirme yo a aceptar ayuda
de los que, en público o en secreto, no
comparten por entero mi modo de pensar". Pero
ahora se han iniciado –son sus palabras- "estos
meses de combate". Y afirma: "Lo haré, como
pueda, porque es preciso".
Lo hizo. Tomó tiempo. Y fue muy duro –particularmente para él- el
recorrido. Mucho pudiera decirse, pero
mencionaremos solamente que logró organizar y
dar inicio a la primera guerra antimperialista:
la vía para lograr el primer paso de su
estrategia revolucionaria continental.
Martí
en Fidel Castro…
No creemos que para nadie sea difícil, en Cuba ni en ninguna parte,
encontrar la presencia de José Martí en el
pensamiento y en la acción de Fidel Castro. La
lealtad absoluta y acérrima del gran líder de la
Revolución a la doctrina del Apóstol se puede
encontrar fácilmente con solo disponernos a
recorrer, con el detenimiento necesario, no
solamente el curso del pensamiento fidelista
desde los días del Cuartel Moncada hasta la
fecha, sino que, también, el proceso de todas
sus actividades políticas y revolucionarias.
No hay que decirnos, porque lo sabemos sobradamente, que José Martí no
era socialista, sino tan sólo un revolucionario
radical de su tiempo, según la frase de Blas
Roca en uno de sus ensayos más lúcidos y
penetrantes, y que, por consiguiente, la
Revolución organizada e iniciada por él en el
noventa y cinco no era la que ahora conduce
Fidel Castro. Pero no se debe olvidar, con todo,
lo que Martí le dijo a Carlos Baliño, su
compañero y amigo, en cierta oportunidad
histórica que recordaría Julio Antonio Mella,
muchos años después, glosando los pensamientos
del Apóstol: "¿La Revolución? La Revolución no
es la que vamos a iniciar en la manigua sino la
que vamos a desarrollar en la República".
Julio Antonio entendía, como entendemos nosotros, que de haber vivido
Martí en este tiempo habría sido el intérprete
de su necesidad histórica y del cambio social
que ella requería. No era posible que Julio
Antonio pensara de otro modo conociendo, como él
conoció tan a fondo, el ideario político y
revolucionario de quien nos había dicho, como
nos dijo Martí, que era con los pobres con quien
él quería echar su suerte.
Con los pobres de la tierra/ quiero yo mi suerte echar
¿Y quiénes eran entonces, y siguen siendo ahora, los pobres de la
tierra...? Pues no son otros que los obreros,
que los campesinos, que el pueblo. Obsérvese la
extensión de ese pensamiento martiano. No lo
limita el Apóstol a la Patria; no dijo con los
pobres de mi tierra, sino con los
pobres de la tierra. Obsérvese, también
cómo eran los humildes, y no los poderosos, los
que le complacían:
El arroyo de la sierra/ me complace más que el mar.
En este verso sencillo de Martí –ahora repetimos lo que ya en alguna
otra ocasión hemos dicho– el arroyo es la imagen
con la cual él quiere representar la humildad,
es decir: los pobres. Como el mar es la imagen
opuesta, es decir: los ricos. Y no eran éstos
los que a él le complacían, sino aquellos.
Precisamente los que complacerían también,
andando los años, y por los cuales lucharía como
está luchando, Fidel Castro.
¿Pero es que ésta no es la Rrevolución de los humildes, por los
humildes y para los humildes? ¿Pero es que ésta
no es una Revolución socialista, una revolución
de los obreros, los campesinos y del pueblo?
¿Pero es que Fidel no echó su suerte con los
pobres? ¿Alguien puede dudarlo? ¡No! Porque la
realidad es superior a su propia grandeza.
Es claro que Fidel Castro, por muy claras razones de la gravitación y
del determinismo histórico, tenía que superar
algunos filos de las grandes postulaciones
martianas. No podía ser de otra manera. Pero
superar una norma no es apartarse de ella
esquivándola o traicionándola, sino, por el
contrario, cumplirla mejor. Sin duda que el
propio Martí habría hecho lo mismo si tenemos en
cuenta que fue él quien nos dijo que en cada
momento debía hacerse lo que en cada momento era
necesario.
Si la revolución iniciada y desarrollada por Fidel Castro se hubiese
quedado en su primera etapa, o sea en su etapa
de liberación nacional, sin avanzar a la etapa
superior en que nos encontramos, profundizándose
y radicalizándose, sin duda que no solo habría
retrocedido, porque todo lo que no avanza
retrocede, como se sabe, sino que a estas horas,
acaso la tendríamos perdida.
Por consiguiente, no había otro camino que el escogido por Fidel Castro
para conducirla. Era la única manera –y no había
otra- de que los grandes sueños de José Martí se
realizaran en su Patria. ¿Y no se están
realizando en toda su grandeza y en todo su
esplendor? ¿Es que no nos salen al paso en todos
los caminos de nuestra tierra, en un himno de
cristalizaciones espléndidas y como diciéndonos,
refiriéndose al propio Fidel: "Así se es hombre:
vertido en todo un pueblo". ¿Pero no es la
propia voz de José Martí, ahora con admoniciones
todavía más claras, la que frente a la
reciedumbre de esta Revolución nos dice: "He
aquí las fuerzas que nos hacen vivir: la
dignidad, la libertad y el valor?"
Quien no vea los sueños de Martí realizados en su tierra será porque
está ciego. Quien no oiga su voz en uno como
cruce de comprobaciones recias y obstinadas,
será porque está sordo. Y esta Revolución no es
de ojos ciegos ni de oídos sordos.
"Las revoluciones son estériles cuando no se firman con la pluma en las
escuelas y con el arado en el surco". "Hasta que
los obreros no sean cultos no serán felices".
"La ignorancia mata a los pueblos y es preciso
matar a la ignorancia". "Mientras haya un antro
no hay derecho al sol". "Divorciar al hombre de
la tierra es un atentado monstruoso". "Es
preferible el bien de muchos a la opulencia de
pocos". "Un pueblo instruido será siempre fuerte
y libre".
Fidel derribó los cuarteles para erigir sobre ellos escuelas. Y para
que las escuelas saliesen, en hileras fecundas y
luminosas, en chorros desbordados y tibios, a
convertirse, de un extremo a otro de la Isla, en
la siembra más útil, más poderosa y más
radiante. A la vez que en toda la tierra se
despertaban los surcos y sonreían los frutos.
¿Y no es en esas escuelas y en esos surcos, precisamente, donde se
firma la Revolución con la pluma y con el arado?
¿Y no son los campesinos, ahora con trabajo, con
pan y con techo –y antes en la indigencia-
quienes firman la Revolución con el arado que
conducen sus brazos? ¿No son los niños, las
mujeres y los hombres, antes analfabetos, antes
sin escuelas, antes sumidos en la mayor
ignorancia y en la mayor miseria –y ahora
sabiendo leer y escribir, ahora con escuelas
hasta en los rincones más apartados y lejanos,
ahora sin desnudeces y sin hambre- los que
firman la Revolución con la pluma que manejan
sus manos?
Sería bueno que todos nos detuviéramos a mirar en torno nuestro; pero a
mirar con pupila sin telarañas, con pupila
limpia, vasta y abarcadora. Es posible que
algunos no lo hagan con el detenimiento, con el
reposo y con la penetración necesarios para
abarcar, de una manera totalizadora, el poderoso
conjunto de victorias que ha podido alcanzar la
Revolución en tan poco tiempo, merced a la
pujanza tremenda de su líder. Si lo hicieran, si
lo hiciéramos todos, enseguida veríamos cómo se
levanta nuestro pueblo, más vivo y más erguido
que nunca, porque aquí se ha matado y se está
matando a la ignorancia; enseguida veríamos cómo
la cultura está haciendo felices a los obreros;
cómo brilla el sol de nuestra tierra porque en
ella han desaparecido los antros; cómo es el
bien de muchos y la opulencia de nadie; cómo el
atentado monstruoso de divorciar al hombre de la
tierra desapareció en Cuba, para siempre, al ser
liquidados los grandes latifundios y los
privilegios de los ricos; y cómo, por último,
nuestro pueblo se va sintiendo cada vez más
libre y más fuerte porque está recibiendo, como
jamás tuvo la oportunidad de recibirlas, la
instrucción, la educación y la cultura.
Y si esto es así -y no es de otra manera- ¿a qué se debe? Se debe,
sencillamente, a que un hombre llamado Fidel
Castro, en quien convergen, a juicio nuestro, el
heroísmo y la genialidad – dos fuegos tan
difíciles de juntarse- discípulo esclarecido de
José Martí, y muy metido en las entrañas de
éste, quiso realizar los grandes sueños de su
maestro. Y, para realizarlo mejor, superando
algunos filos de sus normas, desencadenó la
Revolución en su tierra para construir la
sociedad socialista.
Anexo
#1.
Síntesis de las fechas más importantes de José
Martí
Por:
MARÍA LUZ DE NORA en
Bohemia (1966)
28 de
enero de 1853:
Nace en La Habana, hijo del matrimonio de doña
Leonor Pérez y Mariano Martí.
27 de
agosto de 1866:
Rafael María Mendive solicita del director del Instituto de Segunda
Enseñanza de La Habana el examen de ingreso de
José Martí ("deseando premiar de alguna manera
su notable aplicación y conducta").
22 de
enero de 1869:
Sucesos del Teatro Villanueva. El maestro
Mendive es detenido.
23 de
febrero:
Aparece La Patria Libre en el que
colabora Martí con el drama Abdala. Se
clausura el colegio de Mendive.
21 de
octubre:
Acusado en causa por infidencia ingresa en la
Cárcel de La Habana.
4 de marzo
de 1870:
Sentenciado por Consejo de Guerra a seis años de
presidio.
13 de
octubre:
Desterrado a Isla de Pinos.
15 de
enero de 1871:
Sale de Cuba, deportado, en el vapor correo
Guipúzcoa con destino a Cádiz.
1871:
Publica, en Madrid, El Presidio Político en
Cuba.
Mayo:
Se matricula en la Universidad Central de
Madrid.
Julio:
Encuentro, en la capital española, con su
condiscípulo Fermín Valdés Domínguez.
1873,
febrero:
Publica La República Española ante la
Revolución Cubana.
Mayo:
Solicita traslado de matrícula a la Universidad
de Zaragoza.
1874,
junio:
Obtiene título de licenciado en Derecho Civil y
Canónigo. Continúa estudiando Filosofía y
Letras.
Octubre:
Se gradúa de Doctor en Filosofía y Letras.
Diciembre:
Sale hacia París.
1875,
enero:
Embarca rumbo a México.
1875,
marzo:
Colabora en la Revista Universal de México
participando en conferencias y debates del
Liceo Hidalgo.
Mayo:
Se le confía la sección Boletines de la
Revista Universal, en la que comenta la
actualidad nacional.
Diciembre:
Se estrena, en el Teatro Principal –de
México- su pieza Amor con amor se paga.
1876,
enero:
Colabora en distintas organizaciones.
Noviembre:
En las lomas de Tecoax (Oaxaca) son derrotadas
las tropas del Gobierno de Lerdo entrando
victoriosas las del general Porfirio Díaz. Martí
empieza a colaborar en El Federalista.
1877,
enero:
Con el nombre de Julián Pérez llega a La Habana.
Febrero:
Regresa a México y de aquí sale para Guatemala.
Vuelve a México para contraer matrimonio y deja
imprimiéndose el manuscrito de su libro
Guatemala. Regresa a este país. Va a
Honduras. Vuelve a La Habana con su esposa y
solicita para ejercer la abogacía. Nace su hijo.
Trabaja en el bufete de Viondi.
1879:
Es electo secretario de la sección de literatura
del Liceo de Guanabacoa. Discursos memorables.
En Oriente resuenan los ecos del movimiento
insurreccional. Martí es considerado
"sospechoso" y las autoridades determinan su
prisión y deportación. Sale hacia España en el
vapor Alfonso XII. Pasa, de nuevo, por
París.
1880:
Está en Nueva York.
1880:
Empieza su gran carrera de dirigente y
organizador de la Revolución cubana
proclamándose, en Nueva York (mayo 13) el Comité
Revolucionario con motivo de la llegada del
general Calixto García.
1881:
Sale Martí para Venezuela y regresa a Nueva York
tres meses después.
1882:
Escribe buena parte de sus Versos Libres. Vive
como traductor (Casa Appleton) y como
colaborador de algunos periódicos de la América.
1883:
Discurso sobre Bolívar en la Sala Delmónico.
Dirige La América.
1884:
Cartas a los viejos caudillos atrayéndolos a la
nueva Revolución, fijando orientaciones y
deberes.
1886:
Quedan liquidados los proyectos revolucionarios
Gómez-Maceo.
1887:
Martí es nombrado cónsul de Uruguay. Colabora en
El Economista Americano. Trabaja
activamente organizando y clarificando
posiciones políticas.
1889:
Aparece el primer número de La Edad de Oro.
Estos años son de intensa actividad martiana.
Participa en actos conmemorativos del 10 de
Octubre, en veladas de honor a poetas y
escritores (Heredia) y crea "grupos" y "ligas"
enviando y recibiendo copiosa correspondencia
desde La Habana.
1890:
Es designado cónsul de Argentina en Nueva York y
Paraguay hace igual designación.
1891:
Informa, en español y en inglés, en la
Conferencia Monetaria de Washington y, ese mismo
año, renuncia a lo consulados que representaba
fundando, en Tampa, la Convención Cubana y
aprobándose –en Nueva York- sus Resoluciones que
vienen a ser algo así como los preliminares de
las Bases del Partido Revolucionario Cubano.
Invitado por los obrero llega a Key West.
1892,
enero 14:
Primer número del periódico Patria.
Abril 8:
Electo Delegado del Partido Revolucionario
Cubano.
Abril 10:
Proclamación del Partido.
Julio 4:
Viaje de Propaganda por La Florida.
Agosto 17:
Sale de viaje para Santo Domingo.
Septiembre
11:
Entrevista, en La Reforma con Máximo
Gómez.
Septiembre
24:
Llega a Haití.
Octubre 4:
Sale para Jamaica.
Octubre
18:
Regresa a Nueva York.
1893:
Se entrega plenamente a la organización y
propaganda revolucionaria.
Mayo 24:
Manifiesto del Partido Revolucionario Cubano.
Junio 3:
Sale para Costa Rica.
Julio 8:
Permanece unos días en Panamá y sale para Nueva
York.
Diciembre:
Viaje de propaganda por Filadelfia y La Florida.
Los clubes revolucionarios de Key West le
ofrecen un voto de gracias por "el celo,
actividad y acierto" con que ha venido
desarrollando las actividades como Delegado del
Partido.
1894,
abril 8:
Llega a Nueva York el general Máximo Gómez
acompañado de su hijo Panchito.
Abril 21:
Sale Máximo Gómez para Santo Domingo.
Mayo 4:
Martí, acompañado de Panchito Gómez Toro,
realiza viaje de propaganda por varios Estados
americanos.
1895,
enero 10:
Fracasa, por delación el Plan de Fernandina.
Enero 29:
Se firma, en Nueva York, la orden autorizando el
"alzamiento" en Cuba.
Enero 31:
Sale Martí para Santo Domingo.
Febrero 7:
Llega a Montecristi. Recorre pueblos y caseríos
dominicanos y haitianos.
Marzo 25:
Escribe a Federico Henríquez Carvajal la carta
que se ha considerado su Testamento Político.
Redacta el Manifiesto de Montecristi que
firma conjuntamente con Máximo Gómez.
Abril 1:
Escribe a Gonzalo de Quesada su carta que se ha
considerado su Testamento Literario. Embarca en
una goleta (con Máximo Gómez y algunos pocos) en
busca de las costas cubanas. Después de algunas
vicisitudes salen de Cabo Haitiano y amanecen en
Inagua.
Abril 11:
Parte en un vapor que lo deja, con sus
compañeros, a tres millas de las costas de Cuba.
Cerca de las once de la noche ganan la tierra.
Es la región de Playitas, Oriente.
Abril 13:
Se encuentran con la columna de Félix Ruanes.
Abril 16:
Caminan por las montañas de Baracoa en busca del
general Antonio Maceo.
Mayo 2:
Carta al director del New York Herald
sobre los fines y métodos de la guerra de
independencia cubana.
Mayo 5:
Entrevista en La Mejorana con Maceo y
Gómez.
Mayo 18:
Escribe su famosa carta (inconclusa) a Manuel
Mercado.
Mayo 19:
Muere en la acción de Dos Ríos. |