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“Martí: Un hombre de nuestro tiempo.”

Trabajo de Investigación

 

“Martí: Un hombre de nuestro tiempo.”

                                    Autor:

                                            Richard P. Mérida González

Octubre 2008

Primeras palabras…

José Martí, (28 de enero de 1853-19 de mayo de 1895), Héroe Nacional de Cuba y figura mayor de la historia, las letras y la cultura hispanoamericanas. Estudio en España Derecho y Filosofía y Letras. El Pueblo de Cuba le llama Apóstol y Maestro.

Pensador de talla universal, contribuyó con sus textos al surgimiento de un nuevo lenguaje en la literatura, y con su genio y acción política, devino continuador del pensamiento de Bolívar, Juárez y otros próceres latinoamericanos.

Fundador del Partido Revolucionario Cubano (1892), organizó la "guerra necesaria" para liberar a su patria del colonialismo español y convocó a los pueblos de "Nuestra América" a conquistar su "segunda -independencia", ante el inminente expansionismo del emergente imperialismo de Estados Unidos.

Poco se conoce sobre el quehacer diplomático de José Martí, limitado a su desempeño consular y a su participación como delegado a la Conferencia Monetaria de 1891. Sin embargo, en el proyecto político independentista por él diseñado quedó su impronta diplomática.

En su condición de delegado del Partido Revolucionario Cubano puso en práctica su concepción de política exterior que, basada en el latinoamericanismo y el antimperialismo, no limitaba su desempeño al establecimiento de nexos con los gobiernos y las extendía a los pueblos

En diciembre de 1889, Martí pronunció un discurso conocido como Madre América, que constituye todo un proyecto de política exterior, donde fija los principios que debían regir las relaciones interamericanas y la unidad de nuestros pueblos como fuerza imprescindible para frenar y enfrentar la conquista de América Latina por los Estados Unidos.

Un día antes de su caída en combate, escribió, en carta inconclusa a su entrañable amigo mexicano Manuel Mercado, esclarecedoras e impresionantes revelaciones, que han devenido su testamento político.

¿Pero cómo era Martí ciertamente, más allá de la historia, Martí en carne y huesos como cualquier mortal?

 

Martí, el hombre…

Martí, no era alto, sino por el contrario de estatura normal, de unos cinco pies y medio. Delgado, de muchacho y de adolescente, ligeramente más grueso en la treintena, ni siquiera en sus últimos años, según datos recogidos entre personas que le conocieron, nunca llegó a pesar más de unas 130 a 140 libras. Su aspecto exterior, puede decirse que era el del tipo promedio de criollo, parecido en su delgadez y poca estatura a muchos de los tabaqueros emigrados a Tampa y Cayo Hueso, que tanto le amaron y que contribuyeron a manos llenas a la causa de la revolución.

Sus cejas eran pobladas, grueso el bigote, y más bien fina la mosca que adornaba el mentón firme. Firmeza revelaba también la nariz recta, mientras que sus orejas se encontraban separadas de la cara algo más de lo natural, según sus propias declaraciones a Fermín Valdés Domínguez, por los tirones que le dieron sus maestros, cuando niño, en una escuelita de barrio de La Habana.

En el hablar suave, nunca estridente, persuasivo más que agresivo, en sus discursos revolucionarios, su palabra llegaba, sin embargo, a romper el aire como tajo de machete. Y es que a medida que hablaba su figura se agigantaba, parecía estar en "trance", y entonces su voz, según personas que le oyeron, se volvía progresivamente más fuerte y vibrante. Iniciaba sus discursos con voz lenta, poco perceptible, aumentando en volumen hasta alcanzar un acento evangélico, rebosante de honda sinceridad. Era entonces cuando electrizaba al público.

Martí era de vestir modesto, pero pulcro. Su traje y su corbata eran negros, en símbolo de luto por ser Cuba esclava. Usó también un anillo de hierro -que no ha sido hallado-, hecho de un pedazo de la cadena que llevó cuando era el preso 113, en que estaba grabada la palabra "Cuba".

Inquieto y nervioso, Martí era de rápido andar. En Nueva York, subía las escaleras de su oficina en Front Street y las de los ferrocarriles elevados casi corriendo. Sin duda, la mejor descripción general de su persona y carácter es la que hiciera Enrique Collazo como sigue: "Era pequeño de cuerpo, delgado; tenía en su ser encarnado el movimiento; grande y vario su talento, veía pronto y alcanzaba mucho su cerebro; fino por temperamento, luchador inteligente y tenaz que había viajado mucho, conocía el mundo y sus hombres; siendo excesivamente irascible y absolutista, dominaba siempre su carácter, convirtiéndose en un hombre amable, cariñoso, atento, dispuesto siempre a sufrir por los demás; apoyo del débil, maestro del ignorante, protector y padre cariñoso de los que sufrían; aristócrata por sus gustos, hábitos y costumbres, llevó su democracia hasta el límite. Era muy nervioso, un hombre ardilla; quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible. Subía y bajaba las escaleras, como quien no tiene pulmones. Vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropas; dormía en el hotel más cercano de donde le cogía la noche o el sueño; comía donde fuera mejor y más barato, ordenaba una comida admirablemente y sin embargo comía poco; días enteros se pasaba con vino Mariani; quería agradar a todos y tenía la manía de hacer conversiones, así es que no le faltaban desengaños. Era un hombre de un gran corazón, que necesitaba un rincón donde querer y ser querido. Tratándole se le cobraba cariño a pesar de ser extraordinariamente absorbente."

Martí, en efecto, con ser respetuoso de las opiniones de los demás, estaba convencido de sus doctrinas e ideales, defendiéndolos con calor y apasionamiento. No cejaba en la ruta que se había impuesto y sabía mantener sus convicciones con tesonero, valiente y hasta arrogante gesto. Lo probó frente a la España colonial, en el presidio político, en el mismo Madrid, en todos los momentos, cuando la famosa entrevista con Máximo Gómez y Antonio Maceo en Nueva York, en 1884, al negarse altivamente a unirse a los planes bélicos de los dos grandes soldados de la guerra del 68 por entender que ellos pretendían convertir a Cuba en "un campamento"; y, por último, en la borrascosa conferencia con el propio Maceo en La Mejorana, y en muchas ocasiones más.

De trato encantador con las damas, entre las que contaba con grandes simpatías y afectos por sus modales caballerescos, amenizaba sus charlas con ellas con reseñas plenas de colorido sobre arte, en especial de música, que lo emocionaba profundamente, de pintura, de la cual era un gran conocedor y amante, o de teatro, que siempre fue una de sus aficiones predilectas desde niño. Y, en más de una ocasión, obsequiaba a sus gentiles oyentes con una taza de sabroso chocolate humeante, preparado con sus propias manos.

Su amor por los niños es sobradamente conocido. Tenía "alma de niño" y de ello son prueba sus bellos trabajos en la revista infantil "La Edad de Oro", pero lo que más le gustaba era contarles a los niños las maravillas de la naturaleza, llevarlos a estudiar plantas, flores, aves e insectos, enseñarles las bellezas de la tierra, para que las entendieran y amaran mejor.

Trabajador infatigable, escribía diez o más cartas, varios manifiestos revolucionarios, artículos para Patria, correspondencias para diarios sudamericanos, versos, todo en un solo día. Y aún le quedaba tiempo para llevar a sus libros de apuntes alguna nota íntima o curiosa.

Dormía poco y con inquietud. Cuando los pensamientos se agolpaban a su cerebro en los días angustiosos en que preparaba la última guerra de independencia, pocas eran sus horas de descanso. Sentía como "hojas en la tormenta", sus "cejas rozando la almohada", y cuando conciliaba por fin el sueño, se agitaba de lado a lado de la cama, hablando en voz alta, como en acceso de fiebre.

Frágil de cuerpo, precario de salud, con una dolorosa herida inguinal, causada por la cadena de presidiario, herida que llevó con estoicismo desde la adolescencia hasta la muerte en Dos Ríos, cuando llega la hora de impulsar el pequeño bote que ha de llevarlo a la costa cubana se disputa con sus compañeros el derecho de remar. Y rema con fuerza sorprendente para aquellas manos fina;, para aquella mano que moviera una de las plumas más brillantes del nuevo continente.

Y cuando pisa suelo cubano, se abre camino entre espinales, pedregales, vadea ríos, escala ásperas laderas con la pesada carga, le quiere quitar al viejo Gómez la suya; llena de admiración a todos por su indomable espíritu, que le hace olvidar su endeble estructura física; deja atónitos a los curtidos soldados mambises, que nunca le creyeron capaz de resistir los duros rigores de la manigua. Comparte con ellos su rancho, sus vicisitudes, sin una queja, alegremente, y cuando le llega la hora, "su hora", de supremo sacrificio va hacia él conscientemente, sin miedo, con una sonrisa a flor de labios.

Tal era Martí, hombre ante todo; pero hombre en el más alto sentido; y humano también en el más elevado grado de lo que debe ser el mejor concepto de humanidad.

Martí, el poeta…

Como poeta “en versos” (ya que más aún, como él quería, lo fue “en actos”) Martí descubrió antes que todos la verdadera “musa nueva” de una modernidad florecida a partir de la raíz hispánica, en Ismaelillo (1881); descubrió el verbo desnudo, visionario y “protoplasmático”, anterior a la escisión de verso y prosa, como observó Unamuno, antes que el propio Unamuno de El Cristo de Velásquez, y descubrió, antes que Antonio Machado, el uso del acento popular para la expresión alta de una concepción del mundo que vibra con todas las cuerdas del alma, y las armoniza, en Versos sencillos. Sus contemporáneos sucesivos son, después de Rubén Darío –al que llamó “hijo” y que a él lo llamó “maestro”–, Gabriela Mistral, César Vallejo y José Lezama Lima, que en 1960 dijo que es él, Martí, quien nos acompaña en esta última era, “la era de la posibilidad infinita”.

Como crítico literario; se adelantó más de medio siglo a la crítica llamada de participación, que propuso Leo Spitzer en su libro Lingüística e historia literaria (1955). Totalmente al margen de la crítica normativa y preceptiva, que se practicaba en su tiempo junto con la caprichosa o denigrante, Martí –observé desde 1976– se sitúa intuitivamente “dentro de la obra”, en su centro cordial, y desde allí descubre “las leyes que la rigen”, que es lo mismo que pediría Spitzer. Dos ejemplos: “El poeta Walt Whitman”, también crónica ensayística, que instaló al gran rapsoda norteamericano en nuestra lengua, y “Nueva exhibición de los pintores impresionistas”, con una comprensión artística y social de aquella escuela que no ha sido superada.

Martí periodista…

Como periodista, Martí le injertó al periódico, antes que la generación del 98, la savia del ensayo, según es evidente en “Emerson”, “Darwin ha muerto” y, cenitalmente, “Nuestra América”. Abrió el compás de la crónica y el reportaje hasta dimensiones pictóricas, muralistas o de un detallismo sorprendente, e incluso pre-cinematográficas por las amplitudes panorámicas, los súbitos close-ups y el contrapunto de los tiempos. Véanse como ejemplos, entre muchos, la última crónica sobre los anarquistas de Chicago, en que su horizonte ideológico da un giro importante, y “El terremoto de Charleston”, en que asistimos, como banda sonora, al nacimiento de un “spiritual” desde la desolación y la catástrofe. No ha aparecido todavía el relevo de Martí en el periodismo hispanoamericano.

Martí y su pensamiento político…

Antiimperialismo: De la época cuando estudió en España, durante su primera deportación, se conserva al menos un cuaderno de apuntes personales del joven José Martí. Se presume -y puede asegurarse sin un gran margen de error- que esas anotaciones daten del año 1871, cuando el futuro Héroe Nacional cubano tenía tan solo l8 años de edad. Su envío obligatorio a la Península había tenido como causa –sabido es- las activas posiciones independentistas que había asumido a partir de l0 de octubre de 1868. A su destierro había precedido un duro período de cárcel y de trabajos forzados en las canteras: en prisión había cumplido los 17 años de edad.

Parecería, a una mirada superficial, que su extrema juventud solamente le habría dado ocasión a una toma de partido –definitiva y certera- junto a las fuerzas anticolonialistas que habían iniciado en su patria la lucha armada contra el dominio español. Y, sin embargo, las reflexiones que recoge en aquel cuaderno de apuntes de l871 constituyen una muy convincente expresión de la notable agudeza que ya hacia la época había alcanzado no solo en la percepción de nuestras características peculiares como pueblo, sino –sobre todo- en la comprensión de la existencia de diferencias esenciales, entre nuestro pueblo y el de los Estados Unidos, así como de la necesidad de que nuestro camino hacia más altos niveles de desarrollo –hacia lo que él llamaría "prosperidad"- se diferenciara de manera esencial del que había recorrido el vecino país.

Así, anota en su cuaderno:

Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.-Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.

Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tengan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan? Imitemos. ¡No!–Copiemos. ¡No!-Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos. –Creemos, porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse (...) ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes? Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!

En síntesis: si en 1871 ya expresa su convicción de que somos diferentes –y esa convicción no es sino un primer momento en su paulatina y constante profundización en el conocimiento de la especificidad latinoamericana-, muy pocos años después, ya radicado en México, y fuertemente imbuido del formidable espíritu de defensa de aquel país ante las crecientes amenazas y agresiones norteamericanas, irá quedando cada vez más claro para el joven revolucionario cubano que esas diferencias se expresan, además, en una relación de oposición en la cual el país que ha alcanzado con determinadas leyes y determinada organización social "el más alto grado de corrupción", es a la vez el agresivo victimario –por similar proceso de metalificación- de los otros países que se extienden al sur de la frontera.

Los últimos años de la década del 70 y los primeros de la década del 80 corresponden a un período de muy rápida evolución en el calado del pensamiento de José Martí en relación con la situación continental. En 1878 aún está una parte del año en Guatemala, pero a mediados de año se habrá trasladado a Cuba, donde inicia una etapa conspirativa que le conduce a que en junio de 1879 sea nombrado subdelegado del Comité Revolucionario Cubano de Nueva York. Pocas semanas después de comenzada la llamada Guerra Chiquita, es deportado nuevamente a España. Antes de terminar el año, escapa hacia Francia, y de allí viaja a Nueva York. En esta ciudad permanece durante todo el año 1880, hasta que en enero de l881 se radica en Caracas. El 28 de julio de ese año se ve obligado a abandonar Venezuela. A partir de entonces, se establece definitivamente en Nueva York.

Han sido –no puede dudarse- años de muy intenso bregar y de muy profundo aprendizaje. La ampliación de su experiencia latinoamericana le ha hecho ahondar su conciencia de la urgencia de la unión para nuestras tierras. En ello insiste con frecuencia una vez iniciada la década del ochenta. Y un elemento determinante vendrá a dar concreción a la visión que va configurando del conjunto del continente: ahora, a medida que conoce por dentro la misma sociedad norteamericana que ya ha visto como agresora de México y de la cual ha tenido criterios certeros desde 1871, se va precisando su lucha activa por un doble objetivo: Primero, por hacer ver a nuestros pueblos la necesidad de esquivar el tránsito por el mismo camino recorrido por el vecino del Norte; segundo, por propiciar que nuestras tierras generen los elementos defensivos que les permitan resistir a la agresiva convivencia, y sobrevivir a ella.

Martí no deja de reflejar, de alguna forma, la fascinante atracción que en la época aún ejerce el ordenamiento democrático originario –de parcialmente sostenida vigencia- de la sociedad republicana norteamericana. Pero la medida del contenido altamente crítico de sus posiciones vendrá dada, sobre todo, por la fuerte censura a que es sometida su función de corresponsal de periódicos tan importantes como La Nación, de Buenos Aires, y La Opinión Nacional, de Caracas. Aunque son conocidos estos incidentes, debemos hacer referencia a las situaciones que en 1882 se crean alrededor de los reportajes o crónicas desde los Estados Unidos escritos por José Martí. En efecto, en mayo de 1882, Fausto Teodoro Aldrey, uno de los propietarios de La Opinión Nacional, le plantea, en relación con los criterios que acerca de los Estados Unidos Martí hace llegar a sus lectores latinoamericanos:

Hágole además una recomendación muy encarecida, a saber: que procure en sus juicios críticos no tocar con acerbos conceptos a los vicios y costumbres de ese pueblo, porque esto no gusta por aquí, y me perjudicaría.

A su vez, el director de La Nación, de Buenos Aires, en septiembre de ese mismo año, le plantea, con motivo de haberle censurado parte de una crónica:

Sin desconocer el fondo de verdad de sus apreciaciones y la sinceridad de su origen, hemos juzgado (...) su esencia, extremadamente radical en la forma absoluta en las conclusiones (...) La parte suprimida de su carta, encerrando verdades innegables, podía inducir en el error de creer que se abría una campaña de denunciation contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social, como centro económico.

Estos episodios no hacen sino ratificar que hacia los primeros años de la década del 80, las posiciones de José Martí eran extremadamente críticas con respecto a la sociedad norteamericana, y denotaban su plena oposición a los resultados históricos de su evolución nacional.

Eso, en lo interno. En lo relativo a la coyuntura continental, a su visión cada vez más perfilada de la situación gravísima del continente, resultante de la relación entre ambas secciones del mismo, sus posiciones son de extraordinaria elocuencia. En 1881, clama porque sepamos defendernos, por "hacernos dueños de nosotros, y prepararnos de manera que no sirvamos ciegamente a sombrías intenciones o a vergonzantes intereses". Y en fecha que hemos podido precisar como inmediatamente posterior a julio de 1882, Martí apuntaba –en relación con el proyecto de construcción de una vía ferrocarrilera en una sección del sur del continente:

¡Que la Inglaterra (...) ha obtenido ya la concesión de la mitad de la vía! –Pues lo que otros ven como un peligro, yo lo veo como una salvaguardia: mientras llegamos a ser bastante fuertes para defendernos por nosotros mismos, nuestra salvación, y la garantía de nuestra independencia, están en el equilibrio de potencias extranjeras rivales.- Allá, muy en lo futuro para cuando estemos completamente desenvueltos, corremos el riesgo de que se combinen en nuestra contra las naciones rivales, pero afines, –(Inglaterra, Estados Unidos): de aquí que la política extranjera de la América Central y Meridional haya de tender a la creación de intereses extranjeros, –de naciones diversas y desemejantes, y de intereses encontrados, -en nuestros diferentes países, sin dar ocasión de preponderancia definitiva a ninguna, aunque es obvio que ha de haber, y en ocasiones ha de convenir que haya, una preponderancia aparente y accidental, de algún poder, que acaso deba ser siempre un poder europeo.

Desde luego: no puede Martí rehuir la relación comercial con los Estados Unidos ni con otros países de fuerte desarrollo industrial. La época ni se lo exige, ni se lo permite. Pero a la vez que propugna relaciones que puedan hacer más viable el avance económico y social de nuestros pueblos, está denunciando las tendencias de absorción ya claramente perceptibles en el gigante que crece al norte del continente. Y tan temprano como en enero de 1883 advierte sin rodeos acerca de los peligros implícitos en la política que en los Estados Unidos da por supuesto "que un poder continental, en suma, tiene que acumular capitales, y atraerse fondos de repuesto para vaciarse en la hora precisa sobre el continente".

Si analiza para el público latinoamericano un proyecto de tratado entre México y los Estados Unidos, destaca los peligros: lo califica de "acontecimiento de gravedad mayor para los pueblos de nuestra América Latina", y señala:

El tratado concierne a todos los pueblos de la América Latina que comercian con los Estados Unidos. No es el tratado en sí lo que atrae a tal grado la atención; es lo que viene tras él. Y no hablamos aquí de riesgos de orden político (...) Hablamos de lo único que nos cumple, movidos como estamos del deseo de ir poniendo en claro todo lo que a nuestros intereses afecta: hablamos de riesgos económicos.

Sí comenta, en 1884, la necesidad de comercio entre ambas partes del continentes, pone énfasis en alertar:

Hay provecho, como hay peligro, en la intimidad inevitable de las dos secciones del continente americano. La intimidad se anuncia tan cercana, y acaso por algunos puntos tan arrolladora, que apenas hay el tiempo necesario para ponerse en pie, ver, y decir.

Aún no ha expresado cómo oponerse al imperio que está viendo surgir. Aún –incluso- su utilización del término "imperialistas", que es solamente un empleo casual al inicio de la década del 80, carece de las connotaciones que llegará después a tener, y sigue muy de cerca la utilización que da al concepto la propia prensa norteamericana de la época. Pero ya se ha erguido frente al fenómeno cuya evolución testimonia, y denuncia con agudeza no solo sus peligros, sino también sus mecanismos.

Es lo que sucede, por ejemplo, con los convenios que Estados Unidos ha estado preconizando en la época, y cuya función como mecanismos de dominación y penetración económica Martí ha captado de manera cabal. Así lo demuestra, por ejemplo, su crónica a La Nación, de Buenos Aires, fechada 15 de enero de 1885. Sus palabras no dejan lugar a dudas de que ha calado muy hondo en el sentido de las transformaciones que se están operando en los Estados Unidos, y en las consecuencias directas e inmediatas que ello puede implicar para el resto de América. En Estados Unidos –dice- se está "en el momento de un grave cambio histórico, de trascendencia suma para los pueblos de América". Se trata "de un conjunto de medidas que implican el cambio más grave que desde la guerra han experimentado acaso los Estados Unidos". Mediante los convenios que han firmado, fundamentalmente, con Santo Domingo y (a través de España) con Cuba y Puerto Rico, prevé Martí que "cuanto acá (en Estados Unidos) sobra, y no tiene por lo caro donde venderse, allá entrará sin derechos, como acá los azúcares. Y vendrán los Estados Unidos a ser, como que les tendrán toda su hacienda, los señores pacíficos y proveedores forzosos de todas las Antillas".

No escapa a su sagacidad analítica –y sabemos la importancia que ello tiene como expresión de su aguda penetración en la comprensión del fenómeno que atestigua- que "alentado el crédito en la Isla (se refiere a Cuba) y aguzada por la penuria la natural perspicacia de sus habitantes, se establecerán con capitales americanos acaso, múltiples empresas que ocasionarían demanda extraordinaria de artículos de único mercado donde tendría la Isla crédito y dinero".

Insistimos en la fecha (enero de 1885) porque pensamos que es precisamente al iniciarse la segunda mitad de la década del ochenta que ya podemos hablar de una oposición consciente de Martí a cada avance de aquel imperialismo en formación, en la misma medida en que se van haciendo perceptibles nuevas manifestaciones del mismo en la relación entre las dos secciones opuestas del continente.

Solo dentro de esta óptica nos parece posible analizar sus posiciones y sus principios en relación con un tema de gran actualidad: una deuda de México a acreedores norteamericanos. Es, dentro de la evolución de pensamiento que estamos analizando, un muy destacado momento en que Martí deja planteada –como veremos- la urgente necesidad de oposición a la relación de sometimiento que aspira a lograr el naciente imperio.

En efecto, hacia el mes de julio de 1885, el gobierno mexicano se ve en la necesidad –muy de acuerdo con los intereses nacionales del hermano país- de suspender el pago de las subvenciones conveniadas con un grupo de compañías norteamericanas.

Martí narra con detalles –en una crónica suya a La Nación, el ya mencionado periódico bonaerense- los antecedentes de este endeudamiento. Explica que fue "libremente, sin intervención alguna del gobierno de los Estados Unidos, y estipulando que en caso alguno que resultara de su convenio acudirían a él", que ciertas compañías ferrocarrileras norteamericanas contrataron con el gobierno mexicano la construcción de vías férreas en y desde México. En los convenios se acordaba que este país apoyaría económicamente las construcciones mediante el pago de grandes subvenciones a las compañías contratantes.

Fue el gobierno mexicano el que, "calculando mal los ingresos futuros del erario, ofreció de gobierno a contratante particular estos subsidios". Pero para Martí estaba claro que las compañías contratantes "bien pudieron ver", como veía todo calculador juicioso, que México no había de poder, a los pocos años, pagar las subvenciones ofrecidas".

Según lo conveniado, los ferrocarriles fueron construidos. Sin embargo, a la vuelta de muy corto tiempo, al arribar al poder un nuevo gobierno, "halló a la nación en quiebra": tenía un fuerte déficit en el presupuesto anual; tenía contra sí altísimas obligaciones legales. La deuda se había convertido en impagable: México "ni cubrir su presupuesto podía, cuánto más pagar esa deuda enorme".

Tan altas eran las subvenciones ofrecidas –afirma Martí- que, de pagarlas, "consumirían todas las entradas naturales" de la nación. Y entonces, "¿de qué viviría el país?" Dejaba ya de ser un problema financiero, para convertirse en un grave problema político: estaba en peligro la propia vida del país, y había que evitar las consecuencias terribles de un colapso de la economía nacional.

Es evidente que la situación por la que atravesaba México no hacía sino prefigurar precozmente la que más tarde afectaría al conjunto de los países de nuestra América y del llamado Tercer Mundo. Y las posiciones de principio que Martí asumía ante la suspensión de los pagos, hurgaban con acierto en las raíces de la crisis. No escapaba del agudo observador que los compromisos habían sido contraídos por un gobierno que llegó a caracterizarse –como después otros muchos del continente- por la malversación y el malgasto, por "los abusos que hicieron pública granjería del erario mexicano". Pero si bien podía considerarse que acaso el gobierno en cuestión no debió ofrecer las subvenciones que ahora el país adeudaba, la culpabilidad esencial real Martí la atribuía a los acreedores norteamericanos: "¿por qué, libres los contratantes para observar y prever, las aceptaron?" Y afirmaba: "Como cien millones de pesos emplearon los norteamericanos en ferrocarriles en México. A ciegas no pudo ser ni sin prever y estudiar sus consecuencias".

El nuevo ejecutivo mexicano actúa con decisión y "afronta enérgicamente la situación desesperada": reduce los gastos del gobierno, suspende el pago de las subvenciones. Lo hace –Martí lo destaca- "provistos de amplios poderes por el Congreso". Es un acto que recibe todo el apoyo político y moral de José Martí: un acto que "está conforme a la ley y necesidad". Para el cabal revolucionario es –puede afirmarse- un caso de libre ejercicio de la soberanía, en un contexto en el cual los Estados Unidos niegan a México (y sabemos que no solamente a él) sus derechos de nación independiente. Así, denuncia el Maestro:

No parece que (los Estados Unidos) reconocen el derecho de México a hacer, sino que le permiten que haga. Apenas México afirma con un acto desembarazado, y siempre hábil y correcto, su personalidad de nación, acá (en los Estados Unidos) se toma a ofensa y se ve el caso no por el derecho de México de ponerlo a su interés, sino por el deber de México de no hacer cosa que no sea primeramente en el interés de los Estados Unidos.

Para Martí, no hay reclamación posible por parte de los acreedores: la decisión de suspender los pagos de aquella deuda "pudo y debió ser prevista por los que se expusieron libremente a ella". Pero no solo los condena moralmente, sino que va mucho más allá y busca en los propios mecanismos de la sociedad norteamericana –en la necesidad de expansión y dominación de aquel naciente imperialismo- el verdadero trasfondo y las intenciones reales que pudieron haber movido a la firma de tales convenios. Dice, en relación con las pretensiones de los acreedores norteamericanos:

Si estos entraron a correr este riesgo, a pesar de él, o tal vez por tener ocasión en él de cosas mayores, o porque este riesgo que se preveía pudiera dar a algún político ambicioso ocasión de conquista, merecido tienen por su deslealtad o su codicia el apuro que pudieron prever o acaso desearon.

Ni por razones económicas, ni por razones políticas, ni por razones morales, se podía continuar haciendo efectivos los pagos de aquella deuda. El país –para Martí- estaba en el derecho pleno de suspenderlos y defender a su pueblo de una crisis que afectaba a la vida misma de la nación. Y Martí dejaba clara y sólidamente definidos sus principios en relación con esta suspensión de pagos que constituía, en realidad, un acto de soberanía de la nación afectada.

Más aún: como testimonio de su aguda comprensión de las realidades del continente, de su temprana previsión de males que habrían de generalizarse en nuestras tierras, Martí concluía su análisis y postulaba –en afirmación que se proyecta audaz hacia nuestra propia contemporaneidad:

Así queda, briosamente sentado en México, y en hora todavía oportuna, el problema de mayor interés que presenta acaso la política continental americana.

Estas posiciones son importantes no solo por su evidente actualidad y porque definen los principios martianos ante fenómenos de tanta trascendencia como la suspensión de los pagos en cuestión, sino porque demuestran su desvelo por destacar y divulgar toda repuesta que pudiera resultar ejemplar y útil a la hora de abordar la cuestión de las relaciones entre nuestros países y los Estados Unidos; a la hora de enfrentar, por parte de nuestros pueblos, ese que Martí consideraba "el problema de mayor interés que presenta a caso la política continental americana".

Contra el imperio

La comprensión de las posiciones que ha visto desarrollar en los Estados Unidos en relación con Cuba será un elemento determinante en la configuración y elaboración definitiva de la estrategia revolucionaria y antimperialista que para el conjunto del continente ya ha comenzado a concebir.

Así, en mayo de 1886 –y haciendo referencia a una entrevista sostenida al menos un año antes, o sea, en 1885- Martí desentrañaba el sentido de esas posiciones de Estados Unidos con respecto a Cuba, a la vez que se describe a sí mismo en la función que ha venido realizando: "quien ha vivido en ellos (en los Estados Unidos), ensalzando sus glorias legítimas, estudiando sus caracteres típicos, entrando en las raíces de sus problemas, viendo cómo subordinan a la hacienda la política, confirmando con el estudio de sus antecedentes y estado natural sus tendencias reales, involuntarias o confesas: quien ve que jamás, salvo en lo recóndito de algunas almas generosas, fue Cuba para los Estados Unidos más que posesión apetecible sin más inconveniente que sus pobladores, que tienen por gente levantisca, floja y desdeñable; quien lee sin vendas lo que en los Estados Unidos se piensa y escribe desde la odiosa carta de instrucciones de Henry Clay en 1828", ese –señala Martí más adelante- "ve con duelo mortal" las intenciones anexionistas de los Estados Unidos, y sabe que "tal vez sea nuestra suerte que un vecino hábil nos deje desangrar a sus umbrales, para poner al cabo, sobre lo que quede de abono para la tierra, sus manos hostiles, sus manos egoístas e irrespetuosas".

No importa que en relación con las formas políticas de la absorción, Martí aún se refiera aquí a la anexión: el propio naciente imperialismo mantuvo esa hasta entonces única variante como propósito y como proyecto, hasta que la propia práctica de la ocupación militar de Cuba (1898-1902) le demostró la posibilidad de someter económica, cultural y políticamente al país sin necesidad de recurrir a la incorporación directa. Martí intuye –y es lo más importante- que las vías de penetración que los Estados Unidos ya han comenzado a utilizar pueden llegar a convertirlos –ya lo hemos visto- en "los señores pacíficos y proveedores forzosos de todas las Antillas". Y tanto lo uno como lo otro denota la clara conciencia que ya en la época ha alcanzado de los verdaderos objetivos finales de la estrategia que en relación con Cuba está tomando cuerpo en los Estados Unidos. Este sería un primer punto a destacar en el análisis de este tercer momento en la evolución de su pensamiento antimperialista.

Ello está teniendo lugar, por otra parte, en un contexto que ya ha dado inteligibles evidencias del papel entreguista que en la relación entre las dos secciones opuestas del continente desempeñan las propias burguesías de los países latinoamericanos. Martí lo ha percibido, y en enero de 1885 –con la discreción a la que ya sabemos que le obligan sus artículos de prensa- ha emitido sus criterios al respecto: para él, "de las revoluciones y pobrezas que (...) han agitado nuestros países de América, ha venido a los hombres activos de ellos un inmoderado deseo, saludable y urgente cuando se encierra en naturales límites, de desarrollar, a costa aún de la libertad futura de la nación, sus riquezas materiales.

Haber llegado a tales convicciones en estos años cruciales de l886 y 1887 en relación con la urgencia de sacar a Cuba de manos del expansionismo norteamericano y de sus aliados cubanos, e insertar esas convicciones en el fondo previo –que ya hemos visto- de la denuncia constante del peligro que se cierne sobre la parte nuestra del continente, constituyen, en nuestra opinión, las premisas básicas que permitieron a José Martí no solo elaborar y concebir, sino tener lista en el momento preciso, la respuesta revolucionaria que el continente en su época exigía; es lo que permitirá poner de inmediato, en cuanto la situación lo reclama, la puesta en práctica de una estrategia antimperialista continental que resumiera de manera genial el día antes de su muerte: "impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América".

No se trata, desde luego, de que Martí tuviera definidos y presentes todos los elementos que habrían de intervenir en esta estrategia, ni de que pudiera –mucho menos- anticiparse a su propia intensa práctica revolucionaria de 1889-1895. Ese sería, desde luego, el período de mayor enriquecimiento de sus concepciones, a partir de los apremiantes requerimientos de la acción. Pero creemos posible afirmar que, en lo esencial, la concepción de la independencia de Cuba (y de Puerto Rico) como valladar a la expansión imperialista está ya lograda en Martí en el momento en que los Estados Unidos declaran llegado el momento de lanzarse, en agresivo y generalizado vertimiento, sobre la parte nuestra del continente.

Este momento llegó, sin lugar a dudas, con la convocatoria y el inicio en Washington, en octubre de l889, de la Conferencia Internacional Americana. Martí la identificará públicamente como "el planteamiento desembozado de la era del predominio de los Estados Unidos sobre los pueblos de América", y la calificará de "primera tentativa de dominio".

No nos referiremos –son suficientemente conocidos- a sus imperiosos llamados, con motivo de la Conferencia, en pos de la unidad latinoamericana y en contra de las aspiraciones del imperio. Recordemos solamente su urgencia por "decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia".

Pero sí es necesario destacar que alrededor de la Conferencia se busca por los Estados Unidos –de manera velada e indirecta, y mediante planes que tienden a disimular el resultado final- el apoyo de los países de nuestra América a una virtual absorción de Cuba por aquel país. Y en dos cartas fechadas en Nueva York el l6 de noviembre de 1889, pocas semanas después de iniciadas las actividades de la Conferencia, Martí hace referencia directa a la nueva situación que se ha creado para Cuba y para el continente.

En la primera, dirigida a Serafín Bello, de Cayo Hueso, explica que se trata "de un Congreso de naciones americanas donde, por grande e increíble desventura, son tal vez más las que se disponen a ayudar al gobierno de los E. Unidos a apoderarse de Cuba, que las que comprenden que les va su tranquilidad y acaso lo real de su independencia, en consentir que se quede la llave de la otra América en estas manos extrañas. Llegó ciertamente para este país (los Estados Unidos), apurados por el proteccionismo, la hora de sacar a plaza su agresión latente, y como ni sobre México ni sobre el Canadá se atreve a poner los ojos, los pone sobre las islas del Pacífico y sobre las Antillas, sobre nosotros. Podríamos impedirlo, con habilidad y recursos (...)". Y añade: "En la soledad en que me veo (...) lo he de impedir".

En la segunda, dirigida a Gonzalo de Quesada, escribe: "El interés de lo que queda de honra en la América Latina, -el respeto que impone un pueblo decoroso- la obligación en que esta tierra está de no declararse aún ante el mundo un pueblo conquistador –lo poco que queda aquí de republicanismo sano- y la posibilidad de obtener nuestra independencia antes de que le sea permitido a este pueblo por los nuestros extenderse sobre sus cercanías, y regirlos a todos: -he ahí nuestros aliados, y con ellos emprendo la lucha".

Estas parecen ser las dos primeras veces que deja expresada, por escrito, su estrategia. Pero, en realidad, la Conferencia ha sido, tan solo, la declaración de la guerra. De sus propias palabras se hace evidente que se trata de una estrategia y de elementos de acción ya concebidos previamente. En efecto, desde tiempo atrás ha intentado, incluso, fundar un periódico donde divulgar, con urgencia, esas ideas. Y dice: "Yo sé lo que haría, y lo que puedo hacer, y cuán pronto lo haría. Y lo que pueda, lo haré. Ya estaría el periódico publicado, por Cuba y por nuestra América, que son unas en mi previsión y mi cariño, si pudiese decidirme yo a aceptar ayuda de los que, en público o en secreto, no comparten por entero mi modo de pensar". Pero ahora se han iniciado –son sus palabras- "estos meses de combate". Y afirma: "Lo haré, como pueda, porque es preciso".

Lo hizo. Tomó tiempo. Y fue muy duro –particularmente para él- el recorrido. Mucho pudiera decirse, pero mencionaremos solamente que logró organizar y dar inicio a la primera guerra antimperialista: la vía para lograr el primer paso de su estrategia revolucionaria continental.

Martí en Fidel Castro…

No creemos que para nadie sea difícil, en Cuba ni en ninguna parte, encontrar la presencia de José Martí en el pensamiento y en la acción de Fidel Castro. La lealtad absoluta y acérrima del gran líder de la Revolución a la doctrina del Apóstol se puede encontrar fácilmente con solo disponernos a recorrer, con el detenimiento necesario, no solamente el curso del pensamiento fidelista desde los días del Cuartel Moncada hasta la fecha, sino que, también, el proceso de todas sus actividades políticas y revolucionarias.

No hay que decirnos, porque lo sabemos sobradamente, que José Martí no era socialista, sino tan sólo un revolucionario radical de su tiempo, según la frase de Blas Roca en uno de sus ensayos más lúcidos y penetrantes, y que, por consiguiente, la Revolución organizada e iniciada por él en el noventa y cinco no era la que ahora conduce Fidel Castro. Pero no se debe olvidar, con todo, lo que Martí le dijo a Carlos Baliño, su compañero y amigo, en cierta oportunidad histórica que recordaría Julio Antonio Mella, muchos años después, glosando los pensamientos del Apóstol: "¿La Revolución? La Revolución no es la que vamos a iniciar en la manigua sino la que vamos a desarrollar en la República".

Julio Antonio entendía, como entendemos nosotros, que de haber vivido Martí en este tiempo habría sido el intérprete de su necesidad histórica y del cambio social que ella requería. No era posible que Julio Antonio pensara de otro modo conociendo, como él conoció tan a fondo, el ideario político y revolucionario de quien nos había dicho, como nos dijo Martí, que era con los pobres con quien él quería echar su suerte.

Con los pobres de la tierra/ quiero yo mi suerte echar

¿Y quiénes eran entonces, y siguen siendo ahora, los pobres de la tierra...? Pues no son otros que los obreros, que los campesinos, que el pueblo. Obsérvese la extensión de ese pensamiento martiano. No lo limita el Apóstol a la Patria; no dijo con los pobres de mi tierra, sino con los pobres de la tierra. Obsérvese, también cómo eran los humildes, y no los poderosos, los que le complacían:

El arroyo de la sierra/ me complace más que el mar.

En este verso sencillo de Martí –ahora repetimos lo que ya en alguna otra ocasión hemos dicho– el arroyo es la imagen con la cual él quiere representar la humildad, es decir: los pobres. Como el mar es la imagen opuesta, es decir: los ricos. Y no eran éstos los que a él le complacían, sino aquellos. Precisamente los que complacerían también, andando los años, y por los cuales lucharía como está luchando, Fidel Castro.

¿Pero es que ésta no es la Rrevolución de los humildes, por los humildes y para los humildes? ¿Pero es que ésta no es una Revolución socialista, una revolución de los obreros, los campesinos y del pueblo? ¿Pero es que Fidel no echó su suerte con los pobres? ¿Alguien puede dudarlo? ¡No! Porque la realidad es superior a su propia grandeza.

Es claro que Fidel Castro, por muy claras razones de la gravitación y del determinismo histórico, tenía que superar algunos filos de las grandes postulaciones martianas. No podía ser de otra manera. Pero superar una norma no es apartarse de ella esquivándola o traicionándola, sino, por el contrario, cumplirla mejor. Sin duda que el propio Martí habría hecho lo mismo si tenemos en cuenta que fue él quien nos dijo que en cada momento debía hacerse lo que en cada momento era necesario.

Si la revolución iniciada y desarrollada por Fidel Castro se hubiese quedado en su primera etapa, o sea en su etapa de liberación nacional, sin avanzar a la etapa superior en que nos encontramos, profundizándose y radicalizándose, sin duda que no solo habría retrocedido, porque todo lo que no avanza retrocede, como se sabe, sino que a estas horas, acaso la tendríamos perdida.

Por consiguiente, no había otro camino que el escogido por Fidel Castro para conducirla. Era la única manera –y no había otra- de que los grandes sueños de José Martí se realizaran en su Patria. ¿Y no se están realizando en toda su grandeza y en todo su esplendor? ¿Es que no nos salen al paso en todos los caminos de nuestra tierra, en un himno de cristalizaciones espléndidas y como diciéndonos, refiriéndose al propio Fidel: "Así se es hombre: vertido en todo un pueblo". ¿Pero no es la propia voz de José Martí, ahora con admoniciones todavía más claras, la que frente a la reciedumbre de esta Revolución nos dice: "He aquí las fuerzas que nos hacen vivir: la dignidad, la libertad y el valor?"

Quien no vea los sueños de Martí realizados en su tierra será porque está ciego. Quien no oiga su voz en uno como cruce de comprobaciones recias y obstinadas, será porque está sordo. Y esta Revolución no es de ojos ciegos ni de oídos sordos.

"Las revoluciones son estériles cuando no se firman con la pluma en las escuelas y con el arado en el surco". "Hasta que los obreros no sean cultos no serán felices". "La ignorancia mata a los pueblos y es preciso matar a la ignorancia". "Mientras haya un antro no hay derecho al sol". "Divorciar al hombre de la tierra es un atentado monstruoso". "Es preferible el bien de muchos a la opulencia de pocos". "Un pueblo instruido será siempre fuerte y libre".

Fidel derribó los cuarteles para erigir sobre ellos escuelas. Y para que las escuelas saliesen, en hileras fecundas y luminosas, en chorros desbordados y tibios, a convertirse, de un extremo a otro de la Isla, en la siembra más útil, más poderosa y más radiante. A la vez que en toda la tierra se despertaban los surcos y sonreían los frutos.

¿Y no es en esas escuelas y en esos surcos, precisamente, donde se firma la Revolución con la pluma y con el arado? ¿Y no son los campesinos, ahora con trabajo, con pan y con techo –y antes en la indigencia- quienes firman la Revolución con el arado que conducen sus brazos? ¿No son los niños, las mujeres y los hombres, antes analfabetos, antes sin escuelas, antes sumidos en la mayor ignorancia y en la mayor miseria –y ahora sabiendo leer y escribir, ahora con escuelas hasta en los rincones más apartados y lejanos, ahora sin desnudeces y sin hambre- los que firman la Revolución con la pluma que manejan sus manos?

Sería bueno que todos nos detuviéramos a mirar en torno nuestro; pero a mirar con pupila sin telarañas, con pupila limpia, vasta y abarcadora. Es posible que algunos no lo hagan con el detenimiento, con el reposo y con la penetración necesarios para abarcar, de una manera totalizadora, el poderoso conjunto de victorias que ha podido alcanzar la Revolución en tan poco tiempo, merced a la pujanza tremenda de su líder. Si lo hicieran, si lo hiciéramos todos, enseguida veríamos cómo se levanta nuestro pueblo, más vivo y más erguido que nunca, porque aquí se ha matado y se está matando a la ignorancia; enseguida veríamos cómo la cultura está haciendo felices a los obreros; cómo brilla el sol de nuestra tierra porque en ella han desaparecido los antros; cómo es el bien de muchos y la opulencia de nadie; cómo el atentado monstruoso de divorciar al hombre de la tierra desapareció en Cuba, para siempre, al ser liquidados los grandes latifundios y los privilegios de los ricos; y cómo, por último, nuestro pueblo se va sintiendo cada vez más libre y más fuerte porque está recibiendo, como jamás tuvo la oportunidad de recibirlas, la instrucción, la educación y la cultura.

Y si esto es así -y no es de otra manera- ¿a qué se debe? Se debe, sencillamente, a que un hombre llamado Fidel Castro, en quien convergen, a juicio nuestro, el heroísmo y la genialidad – dos fuegos tan difíciles de juntarse- discípulo esclarecido de José Martí, y muy metido en las entrañas de éste, quiso realizar los grandes sueños de su maestro. Y, para realizarlo mejor, superando algunos filos de sus normas, desencadenó la Revolución en su tierra para construir la sociedad socialista.

 

 

 Anexo #1.

Síntesis de las fechas más importantes de José Martí

Por: MARÍA LUZ DE NORA en Bohemia (1966)

28 de enero de 1853: Nace en La Habana, hijo del matrimonio de doña Leonor Pérez y Mariano Martí.

27 de agosto de 1866: Rafael María Mendive solicita del director del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana el examen de ingreso de José Martí ("deseando premiar de alguna manera su notable aplicación y conducta").

22 de enero de 1869: Sucesos del Teatro Villanueva. El maestro Mendive es detenido.

23 de febrero: Aparece La Patria Libre en el que colabora Martí con el drama Abdala. Se clausura el colegio de Mendive.

21 de octubre: Acusado en causa por infidencia ingresa en la Cárcel de La Habana.

4 de marzo de 1870: Sentenciado por Consejo de Guerra a seis años de presidio.

13 de octubre: Desterrado a Isla de Pinos.

15 de enero de 1871: Sale de Cuba, deportado, en el vapor correo Guipúzcoa con destino a Cádiz.

1871: Publica, en Madrid, El Presidio Político en Cuba.

Mayo: Se matricula en la Universidad Central de Madrid.

Julio: Encuentro, en la capital española, con su condiscípulo Fermín Valdés Domínguez.

1873, febrero: Publica La República Española ante la Revolución Cubana.

Mayo: Solicita traslado de matrícula a la Universidad de Zaragoza.

1874, junio: Obtiene título de licenciado en Derecho Civil y Canónigo. Continúa estudiando Filosofía y Letras.

Octubre: Se gradúa de Doctor en Filosofía y Letras.

Diciembre: Sale hacia París.

1875, enero: Embarca rumbo a México.

1875, marzo: Colabora en la Revista Universal de México participando en conferencias y debates del Liceo Hidalgo.

Mayo: Se le confía la sección Boletines de la Revista Universal, en la que comenta la actualidad nacional.

Diciembre: Se estrena, en el Teatro Principal –de México- su pieza Amor con amor se paga.

1876, enero: Colabora en distintas organizaciones.

Noviembre: En las lomas de Tecoax (Oaxaca) son derrotadas las tropas del Gobierno de Lerdo entrando victoriosas las del general Porfirio Díaz. Martí empieza a colaborar en El Federalista.

1877, enero: Con el nombre de Julián Pérez llega a La Habana.

Febrero: Regresa a México y de aquí sale para Guatemala. Vuelve a México para contraer matrimonio y deja imprimiéndose el manuscrito de su libro Guatemala. Regresa a este país. Va a Honduras. Vuelve a La Habana con su esposa y solicita para ejercer la abogacía. Nace su hijo. Trabaja en el bufete de Viondi.

1879: Es electo secretario de la sección de literatura del Liceo de Guanabacoa. Discursos memorables. En Oriente resuenan los ecos del movimiento insurreccional. Martí es considerado "sospechoso" y las autoridades determinan su prisión y deportación. Sale hacia España en el vapor Alfonso XII. Pasa, de nuevo, por París.

1880: Está en Nueva York.

1880: Empieza su gran carrera de dirigente y organizador de la Revolución cubana proclamándose, en Nueva York (mayo 13) el Comité Revolucionario con motivo de la llegada del general Calixto García.

1881: Sale Martí para Venezuela y regresa a Nueva York tres meses después.

1882: Escribe buena parte de sus Versos Libres. Vive como traductor (Casa Appleton) y como colaborador de algunos periódicos de la América.

1883: Discurso sobre Bolívar en la Sala Delmónico. Dirige La América.

1884: Cartas a los viejos caudillos atrayéndolos a la nueva Revolución, fijando orientaciones y deberes.

1886: Quedan liquidados los proyectos revolucionarios Gómez-Maceo.

1887: Martí es nombrado cónsul de Uruguay. Colabora en El Economista Americano. Trabaja activamente organizando y clarificando posiciones políticas.

1889: Aparece el primer número de La Edad de Oro. Estos años son de intensa actividad martiana. Participa en actos conmemorativos del 10 de Octubre, en veladas de honor a poetas y escritores (Heredia) y crea "grupos" y "ligas" enviando y recibiendo copiosa correspondencia desde La Habana.

1890: Es designado cónsul de Argentina en Nueva York y Paraguay hace igual designación.

1891: Informa, en español y en inglés, en la Conferencia Monetaria de Washington y, ese mismo año, renuncia a lo consulados que representaba fundando, en Tampa, la Convención Cubana y aprobándose –en Nueva York- sus Resoluciones que vienen a ser algo así como los preliminares de las Bases del Partido Revolucionario Cubano. Invitado por los obrero llega a Key West.

1892, enero 14: Primer número del periódico Patria.

Abril 8: Electo Delegado del Partido Revolucionario Cubano.

Abril 10: Proclamación del Partido.

Julio 4: Viaje de Propaganda por La Florida.

Agosto 17: Sale de viaje para Santo Domingo.

Septiembre 11: Entrevista, en La Reforma con Máximo Gómez.

Septiembre 24: Llega a Haití.

Octubre 4: Sale para Jamaica.

Octubre 18: Regresa a Nueva York.

1893: Se entrega plenamente a la organización y propaganda revolucionaria.

Mayo 24: Manifiesto del Partido Revolucionario Cubano.

Junio 3: Sale para Costa Rica.

Julio 8: Permanece unos días en Panamá y sale para Nueva York.

Diciembre: Viaje de propaganda por Filadelfia y La Florida. Los clubes revolucionarios de Key West le ofrecen un voto de gracias por "el celo, actividad y acierto" con que ha venido desarrollando las actividades como Delegado del Partido.

1894, abril 8: Llega a Nueva York el general Máximo Gómez acompañado de su hijo Panchito.

Abril 21: Sale Máximo Gómez para Santo Domingo.

Mayo 4: Martí, acompañado de Panchito Gómez Toro, realiza viaje de propaganda por varios Estados americanos.

1895, enero 10: Fracasa, por delación el Plan de Fernandina.

Enero 29: Se firma, en Nueva York, la orden autorizando el "alzamiento" en Cuba.

Enero 31: Sale Martí para Santo Domingo.

Febrero 7: Llega a Montecristi. Recorre pueblos y caseríos dominicanos y haitianos.

Marzo 25: Escribe a Federico Henríquez Carvajal la carta que se ha considerado su Testamento Político. Redacta el Manifiesto de Montecristi que firma conjuntamente con Máximo Gómez.

Abril 1: Escribe a Gonzalo de Quesada su carta que se ha considerado su Testamento Literario. Embarca en una goleta (con Máximo Gómez y algunos pocos) en busca de las costas cubanas. Después de algunas vicisitudes salen de Cabo Haitiano y amanecen en Inagua.

Abril 11: Parte en un vapor que lo deja, con sus compañeros, a tres millas de las costas de Cuba. Cerca de las once de la noche ganan la tierra. Es la región de Playitas, Oriente.

Abril 13: Se encuentran con la columna de Félix Ruanes.

Abril 16: Caminan por las montañas de Baracoa en busca del general Antonio Maceo.

Mayo 2: Carta al director del New York Herald sobre los fines y métodos de la guerra de independencia cubana.

Mayo 5: Entrevista en La Mejorana con Maceo y Gómez.

Mayo 18: Escribe su famosa carta (inconclusa) a Manuel Mercado.

Mayo 19: Muere en la acción de Dos Ríos.

 

 
 

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