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Por: Georgina Suárez Hernández
Muchos años de tergiversaciones en la
Cuba neocolonial, pretendieron establecer la
gentileza y la cortesía como esencia del
pensamiento martiano hacia la mujer, desviando
con ello la atención de la clave verdadera, la
emancipación, idea que resultaba altamente
transgresora para su tiempo.
Obligación y conquista fueron sus
palabras claves. Era deber emancipar a la mujer
de las trabas seculares y significaba una
victoria desatar sus alas para que junto al
hombre participase en la obra necesaria de
liberar a la patria y a sí misma.
Supo Martí que el daño estaba en la cuna
y crecía con la educación discriminatoria. Por
ello dirigió el tierno y sutil mensaje de La
Edad de Oro a todos por igual: “Para los niños
es este periódico, y para las niñas, por
supuesto”.
El mencionado texto iba dirigido al mundo
espiritual de los pequeños con una clara
sentencia: “Las niñas deben saber lo mismo que
los niños, para poder hablar con ellos como
amigos cuando vayan creciendo”. Del mismo modo
incentivó en los varones el respeto hacia la
mujer desde la más tierna edad, “nunca es un
niño más bello que cuando trae en sus manecitas
de hombre fuerte una flor para su amiga…”
Desde muy joven y durante toda su vida,
defendió la necesidad de que la mujer dejara de
ser únicamente objeto de placer físico y abogó
por el reconocimiento de su belleza interior,
pero conocía los peligros que acechaban y así lo
expresó en carta a su hermana Amelia: “Y dime de
todos los lobos que pasen a tu puerta; y de
todos los vientos que anden en busca de
perfume”.
En sus cartas a María Mantilla se
encuentran invaluables consejos. “Quien siente
su belleza, la belleza interior- afirmó- , no
busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa,
y la belleza echa luz”.
Se pronunció también contra los esquemas
morales perniciosos. En su novela Lucía Jerez
señala que todo es pecado para la mujer…”si se
sale, si se entra, si se da el brazo a un amigo,
si se lee un libro ameno”. Pero exaltó las
formas de proporcionarle medios honestos para
ampliar su existencia y que viviera entonces a
la “par del hombre como compañera y no a sus
pies como juguete hermoso…” lo cual requería de
profundas transformaciones que involucraran a
todos los seres humanos por igual.
La mujer cubana fue para el Apóstol el
mayor empuje, el valor primero, y para ellas
tenía que existir un sitio meritorio en la
Patria libre. “La dignidad de un hombre es su
independencia: y la de una mujer se mide por los
esfuerzos que inspira para conquistarla”. Y en
otro momento añadía: “…las campañas de los
pueblos solo son débiles, cuando en ellas no se
alista el corazón de la mujer”. |