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Por Georgina Suárez Hernández
El presagio sobre los peligros que lo
acecharían al entrar en el escenario de la
guerra en Cuba, hicieron expresar a Martí en
breve nota desde Montecristi a su hijo: “Si
desaparezco en el camino”… En carta del primero
de abril de 1895 el sentimiento de dolor por la
separación lo llevó a afirmar: “salgo sin ti,
cuando debieras estar a mi lado”. En su
despedida le legaba su leontina como prueba
tangible de amor filial.
Martí estaba fascinado con su llegada a
Cuba. Sus pensamientos saltaron ligeros a partir
de entonces bajo el influjo de la vegetación y
las expresiones de cubanía que lo circundaban.
Desde Playitas a Dos Ríos su pluma no tuvo
reposo. En la manigua cubana surgieron por
aquellos días textos de gran importancia como la
carta inconclusa a Manuel Mercado. A ella se
suman las inapreciables anotaciones en su Diario
de Campaña, las cartas llenas de ternura a
Carmen Miyares y a su querida María, a Manuel y
Ernesto Mantilla. También a Tomás Estrada Palma
y a Benjamín Guerra.
El día 13 de abril Gómez y Martí se
habían establecido en la sabana de Dos Ríos.
Desde el 17 Gómez había salido hacia zonas
cercanas para hostigar una columna enemiga que
se hallaba en Venta de Casanovas, en tanto Martí
permaneció en el campamento escribiendo textos e
indicaciones para la guerra. El esperado arribo
al lugar del general Bartolomé Masó fue recibido
con verdadero entusiasmo por todos.
Al amanecer del día 19 llegó Gómez
apresurado por la noticia de que se aproximaba
una columna enemiga. En el Diario del
Generalísimo quedaron las anotaciones sobre la
exhortación hecha por el Delegado a la tropa
reunida: “se arengó a la tropa y Martí habló con
verdadero ardor”. Y no podía ser de otra forma
puesto que a Martí llegó una vez más la oleada
de patriotismo y consagración de los
combatientes prestos al combate.
Se percató al propio tiempo de la
influencia que ejercía su presencia en el campo
insurrecto. Lo llamaban Presidente, lo cual con
delicadeza y tacto fue rechazado por él una y
otra vez. “Mi alma es sencilla -expresó. En vez
de aceptar, siquiera en lo íntimo de la
conciencia soberbia, este título con que desde
mi aparición en estos me saludaron, lo pongo
aparte, y ya en público lo rechacé, y lo
rechazaré oficialmente…”
Después del almuerzo del propio día 19,
se confirmó la noticia de que en las
proximidades se hallaba un fuerte contingente de
tropas españolas comandadas por Ximénez de
Sandoval, quien alertado por un joven de
apellido Chacón se decidió a probar suerte
marchando en la mañana de ese día rumbo al lugar
en que presumiblemente se hallaban Gómez y
Martí.
Se oyeron disparos lejanos. Dos jinetes
de la avanzada trajeron noticias. La tropa
española andaba cerca de allí, pero nada más
pudo ser precisado. El corneta convocó a la
partida. Gómez, Martí y Borrero junto a otros
experimentados oficiales montaron en sus
caballos para dirigirse al encuentro con el
enemigo.
Gómez, advirtiendo el peligro, pidió a
Martí que se retirara hacia un lugar más seguro.
En el fragor del momento el Generalísimo se
confió en que este estaría de acuerdo también
en cuidar su vida. Pero en Martí había fuerzas
superiores que lo llamaban al combate frontal.
No debía evadirlo, pues deseaba cuanto antes
mostrar que el verbo y la acción en él andaban
de la mano. Los ánimos estaban enardecidos.
La tropa insurrecta cayó en una emboscada
enemiga. Los españoles, amparados por el bosque,
la sorpresa, la superioridad numérica y en
armas, y el conocimiento previo que tenían de la
ubicación de los adversarios, no dejaron margen
para un triunfo de los insurrectos.
En menos de dos minutos Martí cayó herido
de dos balazos, uno de ellos mortal. Fue herido
también su caballo, regalo de José Maceo.
“General -le informaron a Gómez en medio de una
conmoción total- ¡han matado al Presidente!"
Pero aquella aguerrida tropa no tuvo siquiera
el consuelo de rescatar el cadáver del héroe a
pesar de los esfuerzos por lograrlo.
Ante tan luctuoso hecho solo caben las
palabras que el propio Martí anticipó: “Un himno
siento en mi alma, tan bello que solo pudiera
ser el de la muerte, si no fuese el que me
anuncia, con hermosura inefable y deleitosa, que
ya vuelven los tiempos de sacrificio grato y de
dolor fecundo…" |