|
La entrevista con Pedro
Pablo Rodríguez, estudioso del Maestro, con
motivo de cumplirse el 28 de enero, el 155
aniversario de su nacimiento, devela la
inmensidad del Apóstol.
Por:
Alina Perera Robbio
27 de enero de 2008
En este diálogo Martí no flota, no es una estela o un milagro. Aquí es
el hombre de carne y hueso que palpita rodeado
de seres entrañables. Asoma como la virtud
posible. Esa maravilla —sentir no solo lo
descomunal sino también lo sencillo de una
persona que parece de otra galaxia y que este 28
de enero cumpliría 155 años— nació de esta
conversación con Pedro Pablo Rodríguez (La
Habana, 1946), director de la Edición Crítica de
las Obras Completas de José Martí, e
investigador del Centro de Estudios Martianos.
En un recinto muy pequeño, resguardados de una lluvia fina que parecía
interminable, Pedro Pablo habló del Apóstol con
una naturalidad asombrosa. Recogía yo los frutos
de muchos días de estudio que se remontan al año
1968, porque las palabras saltaban sin más,
típicas de alguien que, a fuerza del
conocimiento, ha sabido despojar las ideas de
toda traza densa.
— ¿Qué fue lo primero que le deslumbró de José Martí?
—Cuando comencé a estudiarlo organizadamente, de inmediato me llamó la
atención cómo en él se reiteran ciertos temas, y
cómo estos aparecen a lo largo de su obra. En
decenas y probablemente centenares de escritos,
están desarrollados los problemas de la guerra
necesaria o de la independencia de Cuba, y sin
embargo asombra que, manteniendo una misma línea
argumentativa y perspectivas similares, no se
repiten los modos de presentarlos en sus
trabajos. Lo otro que me impresionó es esa
capacidad de Martí para transmitir ideas a
partir de las emociones y los sentimientos.
— ¿Qué descripción haría usted del ser humano que fue Martí?
—Diría que era un soñador con los pies en la tierra, un hombre muy
dialéctico y multifacético. Era de su tiempo y a
la vez tenía plena conciencia de ser una persona
del futuro.
— ¿Acaso tenía esa conciencia?
—Absolutamente. Sé desaparecer, le confiesa en la última carta a su
amigo Manuel Mercado, pero no desaparecería mi
pensamiento. Él tiene gran claridad sobre hasta
dónde puede calar en un futuro. Por supuesto que
no podía prever con exactitud los modos, pero
sabía que pensaba y trabajaba para días que no
llegarían de inmediato. Así lo expresa en
algunos de sus trabajos. Martí soñaba, se ponía
horizontes prácticamente inalcanzables en vida,
y a la vez poseía extraordinaria capacidad
práctica para ajustar esos desvelos a lo que le
iban permitiendo las condiciones de cada
momento. En ese plano era muy dúctil.
«Estamos hablando, además, de un hombre muy deseoso del afecto. Y ese
es un rasgo de su personalidad que siempre me ha
llamado la atención porque creo que en general
tuvo mucho cariño a su alrededor, y sin embargo
sentía que no le era suficiente. Creo que
siempre estaba buscando afecto. Enrique Collazo,
que lo trató tanto en los momentos finales de su
vida, dijo lo mismo: que era un hombre comido
por el deseo no solo de brindar calor humano
sino también de ser querido».
— ¿Qué resortes habrán hecho de aquel niño habanero el hombre
descomunal que aún necesitamos?
—Hay elementos del talento que tienen que ver con lo genético. Solo así
comprenderíamos cómo el muchachito de aquellos
inmigrantes pobretes, que tuvo una enseñanza
escolarizada tan pobre e irregular, pudo llegar
a la escuela de Rafael María de Mendive y
empezar a brillar en escasísimo tiempo. No solo
sucedió que de pronto, a través de su maestro,
se le abrieron ciertas condiciones favorables al
estudio, al conocimiento, a la intelectualidad
habanera. En el joven había grandes
potencialidades y posibilidades.
«En el caso de Martí pienso que también tenía a su favor una voluntad
tremenda. Era tenaz, como su madre. Leonor tenía
una voluntad de hierro, lo cual explica que se
hubiera pasado la vida sacando chispas con el
hijo.
«Los biógrafos se han dedicado a explotar la famosa carta en la cual
Martí le confiesa a Mendive que convivir con su
padre es muy difícil, que ha pensado hasta en
quitarse la vida, y de ahí muchas veces se ha
tejido la falsa historia de que el hombre era el
monstruo. Pero ahí están las cartas del Apóstol
a sus hermanas, ya en la vejez del padre, en las
cuales él reconoce a Mariano, devela un
enamoramiento, un idilio tremendo y un nivel de
comunicación absoluto con él.
«El gran cubano logra apreciar en toda dimensión los valores del padre
y entiende cuánto aprendió de él en términos de
honestidad, entereza y valores morales. Pero la
madre es la fuerte del hogar, la mujer
inteligente, la que estudió sola, a la que nadie
enseñó a leer y a escribir. Es la voluntariosa,
la que empuja para sacar al hijo cuando está
preso en las Canteras de San Lázaro. Ella es
quien mueve todo, busca personas y relaciones en
la sociedad porque su muchacho se le está
muriendo, porque si no lo sacan a tiempo y llega
a estar recluido dos o tres meses más, habría
muerto allí aquel adolescente y hoy no
tendríamos a José Martí.
«Eso hay que agradecérselo a Leonor Pérez toda la vida, no solo que lo
dio a luz una vez, sino que volvió a darlo a luz
cuando lo sacó de la cárcel. Y como era una
mujer decidida, tenía encontronazos con el hijo,
y le criticaba que se hubiese metido en
política. Ahí están los fragmentos de cartas que
han quedado, la letra probatoria de cómo ella le
recuerda que quien actúa como redentor sale
crucificado; la prueba de los reproches porque
el joven tiene un camino brillante ante sí y
dedica sus esfuerzos a otras causas.
«Doña Leonor es un personaje digno de novela. Casi todos sus hijos
mueren antes que ella. Parece ser que hasta el
final de su existencia fue una persona de tomar
decisiones, de ser, como se decía antes, el
capitán de la nave familiar. Aunque no tenemos
fuentes directas sobre cómo funcionaba aquel
hogar, todo indica que el padre se fue
acostumbrando a que la esposa brillante asumiera
situaciones, decidiera los viajes de la familia,
tomara las grandes decisiones. De todo eso bebe
José Martí. De la fortaleza, de la voluntad
férrea».
 |
 |
 |
|
De Leonor el hijo heredó la voluntad
férrea |
Martí tenía plena conciencia de ser
un hombre del futuro. |
A su esposa Carmen la amó
desesperadamente |
— ¿Y del padre?
—En el padre encuentra honestidad, sentido del deber, rectitud, apego a
los principios, el ser una persona decente. En
las cartas de José Martí a su amigo Manuel
Mercado uno se da cuenta de que el padre se
llevaba muy bien, en el año que estuvo con Martí
en Nueva York, con el hijo de este, y con un
sobrino, hijo de una de las hermanas, con la
familia que allí permanecía. Todo eso fue
calando cada vez más en José Martí. Él mismo se
fue reconociendo en rasgos de su padre, como
también en rasgos de la madre.
«Conocida es su carta de despedida a Leonor, en la cual le recuerda que
ella le ha reprochado siempre no estar más junto
a la familia, no haberse hecho un abogado
famoso, no haber ascendido en la escala social,
no haberlos sacado de la miseria, y en la que de
algún modo le dice que él es fuerte porque ella
lo es. Es un tozudo, un concentrado en lo que se
ha propuesto, y en eso es como la madre. En la
nobleza, en el buen corazón y en la rectitud,
sale al padre. Es una maravillosa combinación de
factores».
— ¿Cuánto influyó en la formación de Martí ser el único hijo varón,
estar rodeado de hermanas?
—Rodeado de niñas. No olvides que eran niñas. Solo hay una hermana dos
años menor que está pegadita a él: Leonor. De
ella, por cierto, no se ha conservado carta
alguna aunque sabemos que su esposo, vinculado a
la actividad patriótica, mantuvo excelentes
relaciones con Martí.
«Esa suerte podrá verse luego en su preocupación por la mujer. Creo que
se pasó la vida tratando de entender el espíritu
femenino, no sé si logró hacerlo en toda su
dimensión, como lo hubiera querido, pero creo
que le animaba esa voluntad. Uno aprecia que en
Martí, al delinear personajes femeninos, el
abordaje es más profundo que al hacerlo con los
masculinos, los cuales le quedan como más
débiles, más pobres, menos trabajados desde el
punto de vista psicológico. Eso evidencia que en
Martí hay un gran conocimiento de la psicología
femenina, y uno aprecia que, desde jovencito,
llega profundo cuando describe personajes de la
vida real, al hablar de escritoras, de
personajes del mundo artístico. Le llaman mucho
la atención esas mujeres reconocidas y de vida
un poco transgresora para su época.
«¿Por qué le seduce tanto Carmen Zayas Bazán, la esposa? Porque ella es
muy fuerte, tanto, que nunca se le doblega. Ha
habido toda una tradición de dibujarla como la
que no lo entendió, la que no estaba a su
altura, y creo que lo único que ella añoraba era
estar junto a él y hacer una vida de familia.
«Es evidente que Carmen se equivocó de hombre, que Martí no era para
aquello. Sin embargo hay cartas de él a Manuel
Mercado que muchas veces terminan con un
recuerdo de añoranza de la vida familiar en casa
del amigo. Recuerda el tapete, el mantel que se
ponía en la mesa, el hogar burgués que nunca
tuvo, donde la familia se reúne a hacer una
comida, en un horario, donde el fin de semana es
para estar juntos. Añoraba todo eso, pero al
mismo tiempo era incapaz de organizar ese tipo
de vida, justamente por el camino elegido.
«Carmen quería llevar una vida cercana al modelo matrimonial de la
pareja compacta, no solo por herencia, no solo
porque procedía de una familia acomodada
camagüeyana, sino porque necesitaba tener tiempo
y espacio junto a Martí. En los pedacitos de
cartas de ella que se conservan hay reproches a
su esposo, los cuales son muy interesantes
porque demuestran que escribía bien, algo
notable para su época, se expresaba con
corrección, lo cual indica que tenía nivel
cultural y preparación.
«Lo otro que sabemos es que nunca viró al hijo contra el padre, algo
que hoy suele ser tan frecuente. El hijo siempre
tuvo a su padre como algo adorable, tremendo.
Algunos han querido pintar a Carmen como una
antipatriota, pero ella no estuvo ajena cuando
el muchacho estaba conspirando y se iba a hacer
prácticas de tiro en las afueras de Camagüey.
Vivía muy orgullosa de que su hijo fuera a la
guerra y llegara a ser capitán del Ejército
Libertador».
—Martí amó a Carmen...
—Desesperadamente. Ese fue el amor de su vida. Sé que muchas personas
no opinan como yo, pero para mí esa fue la mujer
por la cual sentía delirio. ¿Y por qué? Porque
creo que de algún modo le recordaba a la madre.
—Nunca se desentendió de sus padres...
—Cuando Martí empieza a ganar un poco de dinero por las colaboraciones
para los periódicos hispanoamericanos, casi todo
se lo manda a la madre. Es dinero para
mantenerla a ella, a su padre y a las niñas
casaderas. Recuerda que estamos en 1880 y tanto,
y que las mujeres no trabajaban en la calle,
trabajaban los hombres. ¿Quién debía mantener a
sus viejos?: el hijo varón. De 1881 a 1890,
Martí está recibiendo cierta cantidad de dinero,
pero este, por razones obvias, no le alcanza.
Por eso trabaja tanto, escribe, traduce, hace un
gran esfuerzo. Los cincuenta dólares oro, por
ejemplo, que le pagaba La Nación, venían directo
para La Habana.
—Tenía el don de fascinar tanto a mujeres como a hombres...
—Hay un librito fabuloso, de Blanche Zacharie de Baralt, El Martí que
yo conocí, que te lo presenta en los salones de
Nueva York. Lo mismo se sentaba con las
muchachitas a darles consejos sobre cómo
vestirse para la boda, que armaba fiestas y
bailes. Y después se sentaba a hablar sobre las
cosas más humanas y divinas con los amigos.
Hablaba de filosofía, de política, y era siempre
el centro. Era un conversador natural. Se
equivocan quienes lo presentan muy calmado,
escribiendo tranquilamente. Quienes lo
conocieron aseguran que era un hiperactivo, un
desesperado que subía los escalones de tres en
tres. Hay que ver su letra para imaginarlo. Solo
alguien así pudo escribir en tan corta vida casi
una treintena de tomos.
— ¿Cuándo cree que tiene madurez política para entender la situación de
su país y para asumir un compromiso que gravitó
en todos los ámbitos de su existencia?
—Cuando llega a Cuba en 1878. Creo que llegó decidido a ver qué estaba
pasando, si efectivamente todo el mundo estaba a
favor de la paz, y ver de qué manera agitaba
aquello. Se aparece en la Isla y al mes está
conspirando. Si no vino a eso a qué vino. Por
qué de inmediato busca gente, y se hace amigo de
Juan Gualberto Gómez, a quien su padre, esclavo,
le compró la libertad. Empieza a contactar con
artesanos y trabajadores de La Habana que tienen
vínculos con ciertos clubes secretos, los cuales
a su vez son el enlace con la gente de Oriente
que quiere seguir peleando.
«A la vuelta de tres, cuatro meses, cuando en Cuba deciden hacer una
especie de organización central, a la cual
nombran por cierto Comité Central, José Martí es
una de las figuras nominadas para dirigir esa
estructura que finalmente no funcionó porque
aquello se prestaba a que la conspiración, si se
descubría, fuera descabezada de un tajo».
|
 |
|
Foto: Roberto Suárez |
—Cuando habla de lograr la libertad de Cuba y Puerto Rico dice: «Es un
mundo lo que estamos equilibrando».
Constantemente alude a Cuba, a todo lo que se
haga por ella, como un factor crucial para el
equilibrio en el hemisferio y el mundo. ¿Todavía
esa idea tiene vigencia?
—Si no en los términos históricos en que lo planteó, sí desde el punto
de vista de su significación en el mundo
contemporáneo. En Martí el concepto de
equilibrio viene en el plano académico por sus
estudios de Filosofía, por su conocimiento del
concepto de la armonía, de lo pitagórico, de
ciertas ideas de Platón.
«Va enriqueciendo el concepto del equilibrio a lo largo de su vida,
especialmente cuando prepara sus clases de
Filosofía en Guatemala y cuando empieza a leer
en los Estados Unidos los trabajos de Emerson y
se percata de que está pensando en la misma
línea.
«Para él la armonía, que es el amor, es el principio que rige el mundo,
así como las relaciones entre los hombres y
entre el hombre y la naturaleza, porque la
naturaleza en sí misma es armónica y siempre
busca compensar.
«Esa armonía se traduce en el plano de la política en los equilibrios.
¿Por qué el mundo anda tan mal?: porque a pesar
de todas las críticas que se hicieron, el mundo
bipolar tenía equilibrio entre las dos grandes
potencias, lo cual implicaba cierta estabilidad.
No digo que fuera el mejor de los mundos, pero
había cierta estabilidad porque estaban fijadas
las reglas del juego entre esas dos fuerzas que
se compensaban entre sí. Al desaparecer la Unión
Soviética se crea un gran desequilibrio.
«Martí ve la necesidad del equilibrio tanto hacia dentro de Cuba como
hacia fuera. Cuba independiente, según él, puede
abrir paso a un equilibrio, primero al interior
de América porque impide la expansión de los
Estados Unidos, puede promover formas de unidad
y por tanto sopesar. No se trata de destruir
sino de sopesar el poderío norteamericano.
«El equilibrio, según lo entendió, también es interno, a nivel de
individuo. ¿Quién lo tiene?: el hombre natural,
que es aquel que vive, se expresa y actúa de
acuerdo con las condiciones en que vive, que no
son solo las condiciones naturales del bosque
sino las de su sociedad. En la medida en que un
hombre es original y responde a lo general de su
sociedad, está siendo un hombre natural».
— ¿Cuál es la faceta que más le impacta de José Martí?
—Su desprendimiento personal, esa insistencia que tiene ya a finales de
los años ochenta del siglo XIX, expresada en sus
cartas personales, de que lo único que lo
mantiene vivo es la libertad de Cuba. Estamos
hablando de un hombre que en esos años ochenta
es conocido por sus trabajos periodísticos, es
un escritor apreciado, se está abriendo a un
público que lo está reconociendo, y que a pesar
de todo ese éxito va centrando su vida, casi
exclusivamente, en la lucha por la independencia
de su Patria.
—¿Por qué seguimos echando mano a las ideas y al ejemplo del Maestro?
—Por lo mismo que lo hicieron nuestros padres y abuelos, porque era una
persona decente. Hoy tenemos personas que
incluso llegan a ostentar falta de virtudes y
que por eso se sienten hasta superiores.
Entonces Martí nos hace mucha falta, al mismo
tiempo que necesitamos como nunca la combinación
de soñar y de ser realistas, de ser tenaces y a
la vez dúctiles.
«Él supo trabajar con todos; abrió las puertas a todos. Es esa una
virtud decisiva para estos tiempos. Supo poner
límites morales a todos; y unió a personas que
no se hablaban entre sí. Buscó siempre el lado
claro del corazón de cada cual, y ese es un
camino en el que no se acaba nunca. Pasa como
con el amor, que hay que crearlo y recrearlo
todos los días.
«Martí nos enseñó que, a pesar de que en algún momento podamos sentir
cansancio, hay que reemprender la vida sin que
perdamos la fe en el espíritu humano».
Tomada de Juventud Rebelde |