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Cuando le preguntaron a Alejo
Carpentier, el novelista mayor de nuestras letras y quizás el escritor
contemporáneo cubano más difundido en el mundo, cuál era el origen de los
habitantes de esta tierra, respondió: “Todos descendimos de los barcos”.
En los barcos, atravesando la mar océana, llegaron los conquistadores de
España y en poco tiempo redujeron a la mínima expresión -víctimas del fuego de
los arcabuces, enfermedades despiadadas y un rudo trabajo en las orillas de los
ríos en busca del oro que nunca apareció-, a los pobladores aborígenes.
Trasplantados a la fuerza de las costas africanas del Golfo de Guinea, el Viejo
Calabar y las selvas del Mayombe para sustituir a la mano de obra indígena,
llegaron amarrados al cepo en las bodegas de los barcos negreros, miles y miles
de esclavos, que contribuyeron, bajo el dictado del látigo, al fomento de una
economía azucarera de plantación. A mediados del siglo XIX llegaron en barcos
culíes chinos y desde un poco antes se instalaron en la zona oriental de la
Isla, sorteando el Paso de los Vientos que separa a Cuba de La Española,
colonos franceses que huyeron del Haití revolucionario de Toussaint
L'Ouverture.
Y luego descendieron de los barcos campesinos canarios dispuestos a
cosechar el aromático tabaco y los frutos tropicales; árabes y judíos que
establecieron comercios en las zonas urbanas; españoles emprendedores que se
integraron a la población mediante matrimonio o amancebamiento, dando lugar al
mestizaje; y también indios yucatecos, maestros y soldados de las recién
liberadas tierras americanas; incluso japoneses, norteamericanos y suecos, en
pequeñas comunidades agrícolas.
De tanta diversidad, sin embargo, surgió la unidad: un concepto de nación
y nacionalidad que se fue definiendo con el tiempo y se fundió definitivamente
en el crisol de las luchas por la libertad del yugo colonial. Sangres mezcladas
y aspiraciones comunes crearon un sedimento único, una sensibilidad peculiar,
en fin, una cultura propia. Uno de los sabios cubanos más eminentes, don
Fernando Ortiz, estudió ese proceso y le llamó transculturación.
Si hubiera que definir la esencia de la cultura cubana, tendrían que
valorarse dos elementos fundamentales: su orientación integradora y su vocación
universal. No existe una sin la otra y viceversa.
En los albores de la fundación de la nacionalidad, es decir, en las
primeras décadas del siglo XIX, el más depurado poeta de esa etapa, José María
Heredia, supo cantar a las palmas, elemento definitorio de nuestro paisaje, pero
también a la majestuosidad del Teocalli de Cholula, monumento de la Arquitectura azteca precolombina, y a las
impetuosas cataratas del Niágara, en Norteamérica.
El más universal de todos los cubanos fue el poeta José Martí, con su
excelsa sensibilidad personal y social. Todos los temas, toda la curiosidad
humana en sus textos, bajo la pupila vigilante de la ética, comprometida con el
mejoramiento del hombre, con el cultivo de la ternura. Lección de universalidad
y cubana, y de saber nombrar y exaltar los autóctono y lo ajeno, a partir de la
asimilación de las mejores esencias de ambas márgenes.
Es una suerte que la cultura cubana asuma con legitimidad esta mezcla.
Eso le ha hecho saltar, en sus felices creaciones, la barrera de lo culto y lo
popular, de las llamadas artes y la expresión comunitaria folklórica.
Cuando hablamos de son –ese género musical que une la herencia hispánica
con la africana y que es el ritmo original de Cuba, que en una de sus variantes
hoy es más conocida como salsa-, nos referimos tanto a los famosos septetos
tradicionales --el Habanero, el de Ignacio Piñeiro, o la Vieja Trova
Santiaguera-, a orquestas que han hecho época -como las decanas del chachachá,
la Aragón o la de Jorrín, o la de Arcaño y sus Maravillas-, o a conjuntos como
Casino, la Sonora Matancera, Arsenio Rodríguez; o los que actualmente animan
las noches cubanas en las instalaciones turísticas de la Isla; como a la poesía
de Nicolás Guillén, quien conjugó el habla de la calle con la métrica hispánica
más rigurosa, o a las obras sinfónicas y de cámara de Alejandro García Caturla,
Amadeo Roldán y Ernesto Lecuona, músicos de vanguardia como lo fueron Igor
Stravinsky o Edgar Varese.
Con las artes plásticas sucede lo mismo: desde Wifredo Lam, atraído por
el surrealismo, amigo de Picasso y conciliador de lo europeo, lo africano y lo
asiático en su paradigmático cuadro La Jungla, expuesto en el Museo de Arte
Moderno de Nueva York, hasta Raúl Martínez, pintor que se apropió del pop para
reflejar a los protagonistas de la Cuba de hoy; pasando por el sensualismo de
Víctor Manuel; la colección de la ciudad de La Habana, las floras y el carnaval
de René Portocarrero, los gallos de Mariano Rodríguez, los vitrales de Amelia
Peláez, los jinetes de Carlos Enríquez, las realidades de Fidelio Ponce y las
habaneras y milicianos de Servando Cabrera Moreno.
Alicia Alonso, prima ballerina assoluta, trajo a la danza el
legado de lo mejor del ballet mundial para integrarlo a nuestro universo
emotivo y gestualidad, en lo que el mundo conoce hoy como Escuela Cubana de
Ballet. También existen logros y originalidades en el campo de la danza moderna
y folklórica, donde se han distinguido numerosos cultivadores.
Existe vivo un teatro cubano. José
Lezama Lima -reconocido mundialmente por Paradiso-, sumó el misterio de
Góngora a los secretos de una Habana de interiores recatados para escapar del
hervor tropical de las calles. Distinguidos hombres de letras y críticos
literarios, como Juan Marinello y José Antonio Portuondo, no faltan tampoco a
cualquier semblanza de la intelectualidad cubana.
Sobresale la poemática de Nicolás Guillén, entregado en su magisterio
lírico a lo folklórico y a la lucha social, que no pocas veces versiona
epopéyica. Versan otros cubanos en la esperanza, el amor y la obra en Manuel
Navarro Luna, Dulce María Loynaz, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando
Fernández, Miguel Bsrnet, Francisco de Oraa y los maestros Eliseo Diego, Cintio
Vitier y Fina García Marruz.
Cuando cantan pueden llegar al dolor de una pérdida, como en esos boleros
antológicos, pero casi siempre se desatan en imágenes de belleza y alegría.
Para demostrarlo, la voz incomparable de Benny Moré. Si jaezan, terminan por
revelar la quintaesencia del entusiasmo, y eso es lo que ha hecho de Irakere y
Chucho Valdés uno de los epicentros del llamado latin jazz. Si se
arman de una guitarra, como lo hizo el maestro Leo Brouwer –y hoy lo siguen a
su vera talentos jóvenes-, transitan de Bach a la guaracha y los Beatles. Si
son juglares, juntan, como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, el deber y el
corazón. Si auspician un baile –nadie debe perderse la oportunidad de echar un
pie con Los Van Van, Isaac Delgado, Adalberto Álvarez, NG la Banda, el
Charangón de Reve, Paulo F.G. y su Elite, Original de Manzanillo y otras
muchas- es para desbordar el espíritu de la fiesta en rápidas cadencias.
La identidad de la cultura cubana pone siempre un rostro sonriente e
impulsa a la Isla y sus cayos, con su gente, a navegar por el mundo.
PIEDRA FILOSOFAL
El hecho cultural más
importante acaecido en Cuba es la Revolución misma. El triunfo de la gesta
libertadora, el primero de enero de
1959, abrió a la cultura cubana todas las posibilidades y los creadores pudieron ejercer su vocación
a plenitud como nunca antes.
El país vive un momento
de explosión de la creatividad artístico-literaria y, al mismo tiempo, hay gran
interés por parte del público por la recepción de esa creatividad.
Existe ahora el empeño
de promover la cultura en forma masiva. Reuniones de escritores y artistas
sentaron las bases para una articulación de criterios de los creadores y la
dimensión popular y comunitaria de la cultura a fin de ofrecer al pueblo lo
mejor y más auténtico de la creación cubana y universal y convertirlo en un
receptor activo, participante y creador.
Para ello se requiere el
logro de una cultura general integral a la que acceda toda la población. Y en
eso la escuela –entendida como una institución cultural básica- juega un papel
destacadísimo.
Hoy hay en la Isla casi
250 museos, 55 teatros, 354 bibliotecas, 123 galerías de arte, 350 librerías y
315 casas de cultura. No se puede hablar ni entender el fenómeno cultural del
país si se desconocen esas cifras.
ALMA DE LA NACIÓN
La cultura, se dice, es
el alma de la nación. La cultura está viva en Cuba y Cuba vive en su cultura.
La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) se perfila cada vez mejor en
su papel de interlocutor de los creadores y las instituciones, y con su
prestigio y vocación social plantea en el ámbito de la sociedad los problemas
de la sociedad misma, que necesitan ser resueltos para garantizar espacios cada
vez más cultos y humanistas.
ARTESANÍA
Como
un elemento también definitorio de nuestra cultura, se encuentra la producción
de artesanías. Con un gran sentido artístico, la artesanía cubana refleja los
orígenes de nuestra cultura y las características de su sincretismo.
Se
producen así figuras talladas en maderas preciosas, mármol y cerámica; objeto
de metal, cuero y otros. Típicas del país son las piezas elaboradas con fibras
de coco, caracoles, semillas y yarey (hoja de la palma cana).
En
todos los hoteles del país es posible encontrar estas piezas pero, sobre todo,
los sábados en la tarde, en los alrededores de la Plaza de la Catedral se convierte
en el reino de la artesanía en Cuba; donde puede encontrarse desde una
serigrafía de un pintor famoso, hasta una planta exótica.
COCINA CRIOLLA
Es rica, variada y muy compleja. A menudo, va más allá de aquellos platos
que se dicen estrictamente cubanos. El ajiaco criollo, del que existen muchas
versiones, es el plato nacional; es, en lo esencial, el conjunto de vegetales y
frutos de huerto con varios tipos de carne guisados al mismo tiempo. Glorias de
la culinaria cubana son el congrí (arroz blanco con frijoles colorados guisados
juntos) y el arroz moro, también llamado “moros y cristianos”, que es el guiso
de frijoles negros con arroz. El picadillo a la habanera es toda una
institución. |