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Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque
El 1ro. de enero de 1959 es el inicio de un año agraciado,
extraordinario e inolvidable: la explosión sentimental del
triunfo revolucionario.
Las cárceles abrieron sus puertas de hierro. Los liberados
olvidaron su venganza y gritaron juntos con los carceleros
por el triunfo de la Revolución. Llegaban los aviones
cargados de exiliados que encontraban el calor familiar y el
agradecimiento de la patria. Solo los asesinados y
desaparecidos no pudieron alcanzar el triunfo, pero vivirán
en el recuerdo de familiares, amigos y compañeros de lucha.
Obreros, estudiantes, jóvenes, hombres y mujeres, todo el
pueblo, aclamaba a los combatientes que íbamos en cientos de
vehículos, una caravana que marchaba por la Carretera
Central donde miles de personas aguardaban.
A
los mandos militares y las estaciones de policía en manos de
los rebeldes, de las milicias y del pueblo, iban llegando
los detenidos: malversadores, testaferros y colaboradores
del régimen, otros por haber cometido crímenes. Los más
connotados eran juzgados y sancionados en el acto.
Había delirio y entusiasmo en la población que aclamaba a
Fidel en su recorrido, gritos de alegría, abrazos, besos
dulces, nobles y tiernas caricias; fotos en grupo; regalos
de detentes, estampas y medallas. El repicar de las campanas,
los pitazos de claxon de autos y camiones repletos de
personas enarbolando banderas. ¡Todo era una fiesta, como en
un bello sueño!
El pueblo, en multitud, unido en júbilo a su Revolución,
hacía suyo el triunfo. La gente se fundía en un crisol de
sentimientos y alegría. Hasta en las ciudades de los más
obstinados y recalcitrantes sectores, el triunfo
revolucionario provocaba la trasgresión de las costumbres
raciales. Blancos y negros cogidos de las manos, se abrazan,
se miran sorprendidos, ríen, gritan, saltan juntos por la
Revolución. Es el momento de la alegría, de la fraternidad.
El negro y el pobre redimidos, con el blanco y el rico
igualados.
Como una melodía subía y bajaba el diapasón del coro de
cientos, de miles de voces. Desde que tomamos el fusil por
primera vez, estos fueron los momentos más conmovedores,
grandiosos y emocionantes. Era el canto inefable a la
victoria y a la fe revolucionaria en el futuro de la patria.
No hubo asta de bandera que no tuviera los colores de la
patria.
Las Marianas, que tomaron el nombre de la insigne madre de
los Maceos defensoras de la libertad con el fusil, eran
saludadas con amor, ternura y admiración.
Arribamos al Campamento Militar de Columbia. La multitud a
nuestro alrededor nos conduce hasta la tribuna. El día
corrió su telón y dio paso a la noche, La tensión es rota
por la voz de Fidel:
Creo
que estamos en un momento decisivo de nuestra historia, La
tiranía ha sido derrotada. La alegría es inmensa y sin
embargo, mucho queda por hacer todavía. No nos engañemos
creyendo que en lo adelante todo será fácil. Quizás en lo
adelante todo será más difícil.
Ahora, a 50 años de aquella histórica fecha en que
alcanzamos la libertad plena, la independencia absoluta y la
soberanía total, a las emociones y momentos antes narrados,
añado el orgullo por lo logrado, la satisfacción por el
esfuerzo realizado antes y después del 1ro. de enero, la fe
y la confianza que tuvimos, recibimos y mantenemos en
nuestro pueblo y en particular en las nuevas generaciones
continuadoras de esta causa, a quienes hemos dedicado los
mejores años de nuestras vidas y por ellos estamos dispuesto
a cualquier sacrificio como lo hacen los Cinco héroes que
cumplen injusta sanción en las cárceles del imperio.
Saludo a Fidel, el hermano de lucha, el que nos guió al
triunfo revolucionario y ha continuado al frente durante
estas cinco décadas para alcanzar las nuevas victorias de la
Patria, deseando que nos siga acompañando como líder
histórico de este proceso revolucionario para ver hechos
realidad los sueños por los que luchamos.
Granma
01-01-2009 |