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Querido
Raúl
Compañeras y compañeros:
No
vengo a hablar hoy aquí con la nostalgia de quien
fue un dirigente de la juventud comunista, ni a
contar lo que entonces fuimos, ni a dar consejos de
cómo debe ser un joven revolucionario.
Cuando
supe que había sido designado para hablar en este
acto entendí que era mi deber pensar, meditar en los
problemas de la juventud de hoy, en sus
responsabilidades y desafíos y provocar con estas
palabras que también hoy ustedes piensen y mediten.
Los
que son ahora jóvenes nacieron o crecieron en el
Período Especial. No conocieron el grado de
bienestar, justicia social y equidad que conquistó
la Revolución después del primero de enero de 1959.
No idealizamos la sociedad que ya disfrutábamos en
los 80, porque sabemos bien que toda obra humana es
imperfecta e incompleta, pero al finalizar esa
década en ningún otro lugar del planeta la noción de
socialismo era tan real como en esta pequeña Isla
del Caribe. La historia lo ha demostrado.
Siempre supimos que el reto mayor del socialismo es
forjar en los jóvenes una conciencia comunista y
rechazar el capitalismo sin haber vivido en él y sin
haber podido sentir cuánto daño moral produce,
cuánto lastra la felicidad y cuánto lacera la
dignidad humana una sociedad basada en el egoísmo,
el individualismo, la vanidad y el ánimo de lucro.
Pero
más allá de ese reto, nuestros jóvenes han de
comprender que la sociedad socialista en la que
vivimos, amenazada militarmente, agredida
económicamente y retada política y moralmente, es
mucho menos ideal de lo que quisiéramos y de lo que
ya habían alcanzado años antes para todos los
cubanos Fidel, Raúl, el Che, y los jóvenes rebeldes,
para quienes el Granma fue un gran acorazado, el
Moncada un minúsculo cuartel y un ejército de 80 mil
soldados, un obstáculo menor ante los sueños de
libertad y de justicia que los inspiraban.
Lo que
no debió suceder, lo que pudo ser evitado, la
desaparición de la URSS y el campo socialista dejó a
Cuba —digámoslo tal como fue— sola frente al
imperio.
Desaparecieron nuestros mercados, las fuentes de
créditos y de inversión y el gobierno norteamericano
se dispuso, sin ocultarlo, a rendir por hambre y
enfermedades a nuestro pueblo y recrudeció el
bloqueo, la guerra económica, las campañas de
mentiras y calumnias e intensificó los actos
terroristas.
Ustedes nacieron o crecieron cuando se interrumpía
el servicio eléctrico 10 o más horas al día,
faltaban los medicamentos, escaseaban dramáticamente
los alimentos, y apenas circulaban transportes por
las calles, incluso de la capital.
Esas
circunstancias modificaron sustancialmente la vida
de nuestro pueblo, engendraron amargas
contradicciones, propiciaron la expansión de vicios
y privilegios que habían sido superados por la
propia obra revolucionaria, resintieron la equidad
social, el salario dejó de ser la retribución justa
con el que podían resolverse las necesidades de la
vida cotidiana.
Fue
imprescindible hacer concesiones tácticas cuyas
consecuencias no hemos logrado superar aún. Algunos
cambios sin la adecuada preparación generaron
descontrol y pérdida de eficiencia, y otros también
necesarios, condujeron a situaciones indeseadas.
Los
jóvenes de hoy no conocieron el capitalismo ni
tampoco el socialismo que ya habíamos alcanzado y
han vivido años en que han visto crecer
deformaciones y desigualdades. Pero los jóvenes de
hoy han conocido también de la tenaz y admirable
resistencia de nuestro pueblo, que en medio de duras
carencias, fue capaz de defender, ya entonces, más
un sueño que una realidad, más una quimera que una
hazaña posible, y ante el asombro del mundo salvó su
Revolución que ahora se yergue con más fuerza y
orgullo que nunca.
Aun
conscientes de nuestras justificadas
insatisfacciones, nuestro pueblo disfruta hoy de
derechos que para miles de millones en el planeta no
son siquiera imaginables: tiene acceso gratuito a la
salud y a la educación de un extremo a otro de la
Isla, nadie sobra en nuestro país, un puesto de
estudio o de trabajo, una forma de ser útil no le
está impedida a un solo cubano, nadie tiene que
dormir en las calles ni está abandonado a su suerte.
Vivimos en una sociedad de justicia, solidaria,
digna, que será cada vez mejor porque nuestros
recursos no son propiedad de las transnacionales,
nuestras leyes no las impone el mercado, nuestra
política no la dicta una potencia extranjera.
Hoy
mientras avanzamos vemos retroceder al
neoliberalismo, desaparecer el Acuerdo de Libre
Comercio para las Américas, desacreditarse a los
gobiernos de Europa, adictos a la hipocresía de la
democracia y los derechos humanos, vemos al imperio
en franca decadencia, ética, moral y sistémica.
Más
convencidos que nunca de nuestro camino socialista y
de la justicia de nuestras ideas tenemos que estar
conscientes de las contradicciones que ha heredado
nuestra sociedad del Período Especial y de que
nuestro trabajo con los jóvenes requiere en
profundidad y en extensión un alcance mucho mayor.
Sería un error estar conforme con lo que hacemos,
imaginar que siempre llegamos al corazón y a la
mente de los jóvenes, que es adecuado nuestro
trabajo ideológico, que lo comprendemos bien, no
como la simple reiteración de ideas, sino como el
arte de despertar los sentimientos y forjar la
conciencia.
Resulta imprescindible apropiarse de una sólida
cultura para ser capaz de vislumbrar las esencias y
confiar en la capacidad de construir una sociedad
cada vez más justa en un mundo injusto y amenazado
de existir, no solo por peligros de guerra.
La
cultura nos brinda la lucidez «para cambiar todo
cuanto deba ser cambiado», para conquistar cuanto
nos propongamos. Nada hay tan propio de la juventud
como el cambio, como las altas metas, y por eso es
un privilegio ser joven en tiempos de Revolución.
Conquistar lo mejor para nuestras vidas, para
nuestras familias, para nuestros semejantes y para
las nuevas generaciones, solo puede hacerse de la
mano de la cultura. Sin cultura no hay libertad
posible, nos ha dicho Fidel.
Y en
fecha tan significativa como la de hoy debemos
continuar meditando en el discurso de nuestro
Comandante en Jefe en el Aula Magna de la
Universidad de La Habana y preguntarnos: ¿Estamos
satisfechos con los niveles de información, con el
desarrollo de los intereses y con la interiorización
de valores, que se logra sembrar en las nuevas
generaciones?.
¿La
militancia de la UJC se corresponde con la
vanguardia de nuestra juventud con su condición de
relevo del Partido, garante indiscutible de la
Revolución?
Una
respuesta negativa o en parte negativa a esas
preguntas no negaría los avances ni la existencia de
una organización juvenil fuerte y prestigiosa como
es la UJC, ni las incuestionables virtudes de una
juventud sana y revolucionaria como la nuestra. Se
trata de tener conciencia de la alta responsabilidad
que asumen los jóvenes de un país que ha sabido
defender las banderas del socialismo en las más
difíciles circunstancias, un país que ha sido guía y
esperanza para millones, cientos de millones de
seres humanos en el mundo.
Nuestra juventud es disciplinada, organizada,
responsable, participa activamente de la vida
política y esas cualidades pueden ser fácilmente
apreciadas, pero ello no es siempre reflejo en todos
y cada uno de los jóvenes, de una sólida convicción
revolucionaria y nuestro deber es llegar a conocer
cuán profundamente revolucionario es cada joven y
lograr que se proponga serlo cada vez más.
Es
necesario garantizar la participación real y
efectiva de los jóvenes en todas las esferas de la
vida social; en cualquier campo en que actúe un
joven debe hacerse sentir, brindar su contribución.
Necesitamos de su espíritu crítico, de su natural
rebeldía, de su apego a la justicia, de su
intransigencia ante lo mal hecho.
La
Revolución requiere del ejercicio de pensar, y de
pensar con cabeza propia y esto debe fomentarse en
las edades en que se forja el carácter, en que
cristalizan las convicciones y se instalan los
valores que han de guiar nuestra conducta toda la
vida.
Una
organización de vanguardia debe analizar, debatir,
proponer.
Cuando
el debate y los análisis de los temas y asuntos que
más atañen e interesan a los jóvenes, tienen lugar
al margen de las organizaciones de base de la UJC
estas devienen elementos formales alejados de la
vida real.
Este
no es un problema solo de la UJC, pero nada más
razonable que enfrentarlo primero con los jóvenes.
La
Batalla de Ideas nacida del pensamiento
revolucionario de Fidel y a la que con tanta
dedicación y pasión se han consagrado la UJC, la
Organización de Pioneros, la FEU y la FEEM, y que
tanta esperanza y justificada confianza despierta en
nuestro pueblo, abrió nuevas e infinitas
posibilidades para los jóvenes, pero solo ha
comenzado y debe tener ahora una necesaria
continuidad en un trabajo de mayor profundidad,
joven a joven. No basta con reaccionar a coyunturas,
y emprender con acierto importantes tareas, hay que
dejar una huella en cada joven, con cada acto, con
cada actividad, con cada tarea. El trabajo diario no
pueden ser las actas y las reuniones, que son
imprescindibles, el trabajo diario tiene que ser la
generación de una intensa actividad política y de
una genuina vida cultural en cada rincón de la
Patria que regale a la Revolución, generaciones de
jóvenes inmunes a los cantos de sirena del
capitalismo, a las vidrieras de las sociedades de
consumo y a las banalidades del sistema cuyos
valores rechazamos.
La
juventud de hoy son los internacionalistas, los
universitarios en cada municipio del país, los
maestros emergentes, los trabajadores sociales, los
instructores de arte, los estudiosos de las ciencias
informáticas, los estudiantes, los trabajadores, los
combatientes, nunca la Revolución contó con una masa
de jóvenes tan instruida y aguerrida.
La UJC
no ha de esperar que los jóvenes acudan, ha de ir
por ellos y contribuir a formar una juventud cada
vez más revolucionaria que ha de serlo y puede serlo
porque las ideas que defendemos son las más nobles y
justas por las que se haya luchado jamás.
Es
cierto que todo no puede ser trabajo, estudio y
actividades políticas y que a la UJC le corresponde
un papel importante en la promoción de espacios y
condiciones para la recreación, que nuestras
limitaciones materiales y la existencia de dos
monedas y dos mercados, más la falta de imaginación
y empeño entre otros factores, impiden el pleno
acceso de los jóvenes. Serían impagables los costos
de una juventud con tiempo inútil, generador de
vicios, de alcoholismo, de consumos seudoculturales,
donde se fomenta la apatía, la vulgaridad, la
insensibilidad, que son manifestaciones del
comportamiento humano incompatibles con la sociedad
que construimos.
Mucho
más puede hacer la UJC y mucho más puede exigir la
UJC a los organismos e instituciones que tienen
responsabilidades en este frente, pero también todos
sabemos que mientras más culto es un joven, mientras
más intereses y motivaciones le hayamos sembrado,
más fácil encontrará opciones para su tiempo libre,
para vivir una vida capaz de enriquecerlo como ser
humano, de disfrutar mejor lo que le viene legado
por la creación del hombre.
Compañeras y compañeros:
Felicitamos a la Unión de Jóvenes Comunistas y a la
Organización de Pioneros José Martí por su
Aniversario y ratificamos la confianza en los
cubanos que tienen hoy la edad de sentir que todo es
posible.
Vivimos en un mundo con 900 millones de hambrientos
y más de mil millones de analfabetos, en el cual se
gasta un millón de millones de dólares en guerra o
en preparar guerras, donde los cambios climáticos
son ya ostensibles y el consumo de combustibles
crece sin control, donde el gobierno del país que ha
alcanzado el mayor poder económico y militar de la
historia se comporta de manera irracional, egoísta y
criminal.
Como
nunca antes los problemas del mundo son problemas de
cada nación y ningún país aisladamente podrá
enfrentar los inmensos desafíos que tiene a la vista
la especie humana. Este es el mundo en que les ha
correspondido vivir y por salvarlo, deberán luchar
nuestros jóvenes. Tenemos razones para confiar en
ustedes.
La
historia de nuestra Patria la han forjado
generaciones de cubanos desde las edades más
tempranas. Al estallar la lucha iluminadora del 68,
muchos jóvenes partieron a la manigua y a esas filas
se uniría un campesino de 23 años, llamado Antonio
Maceo. También un joven, Ignacio Agramonte, derrotó
con su arrojo las tesis que planteaban abandonar la
lucha.
Los
ocho estudiantes de medicina, inocentes del acto de
profanación que se les imputaba, no lo eran de
simpatizar con la causa de la independencia.
Durante aquella guerra José Martí con solo 16 años,
por amar a su Patria, fue a dar al presidio de La
Habana. Desde entonces ni un solo día dejó de soñar
y luchar por la independencia. A la Guerra Necesaria
que organizó y encabezó en 1895 se unirían miles de
jóvenes. En ella, por defender el cuerpo ya sin vida
de su jefe, cayó casi adolescente, Panchito Gómez
Toro.
Al
paso de los años, cuando un sátrapa se hizo del
poder, un joven, Julio Antonio Mella, combatió con
denuedo y, también, Rubén Martínez Villena, Pablo de
la Torriente, Antonio Guiteras y muchos otros.
La
dictadura que se implantó el 10 de marzo, fue
combatida y vencida por la Juventud del Centenario,
comandada por Fidel. Fueron jóvenes los guerrilleros
de la Sierra Maestra, los luchadores clandestinos,
los artilleros y combatientes de Playa Girón, los
alfabetizadores, una gran parte de los soldados y de
los maestros y médicos internacionalistas y nuestros
Cinco Héroes erguidos frente a la crueldad y la
perfidia.
A lo
largo de estos 48 años, sobre los hombros de los
jóvenes ha descansado también la heroica resistencia
de una nación, frente a las pretensiones del enemigo
imperialista de reapoderarse de Cuba y sobre los
hombros de los jóvenes está el futuro Socialista de
la Patria, que es el destino mejor, el único posible
para nuestro pueblo y la contribución esencial de
los cubanos a un mundo de paz y de justicia.
¡VIVA
LA UNIÓN DE JÓVENES COMUNISTAS!
¡VIVA
RAÚL!
¡VIVA
FIDEL!
¡PATRIA O MUERTE!
¡VENCEREMOS!
(Minrex) 06-04-2007
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