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La esencia de la crisis alimentaria es la
desigual e injusta distribución de la riqueza y
el modelo económico neoliberal impuesto por las
grandes potencias
Estimado Comandante Daniel Ortega, Presidente de
Nicaragua:
Distinguidos Presidentes y Altos Representantes
Los datos son harto elocuentes. En el año 2005,
pagábamos para importar una tonelada de arroz
250 dólares; ahora pagamos 1,050 dólares, cuatro
veces más. Por una tonelada de trigo pagábamos
132 dólares; ahora pagamos 330 dólares, dos
veces y media más. Por una tonelada de maíz
pagábamos 82 dólares; ahora pagamos 230 dólares,
casi tres veces más. Por una tonelada de leche
en polvo pagábamos 2200 dólares; ahora 4,800
dólares. Es una situación perversa e
insostenible.
Esta realidad impacta en los mercados internos
de la mayoría de los países de nuestra región y
del mundo, afectando directamente a la población,
en particular a los más pobres, y llevando a la
indigencia a millones de personas. Hay países
que hace sólo unas décadas se autoabastecían de
arroz y maíz. Pero las recetas neoliberales del
FMI los llevaron a liberalizar el mercado e
importar cereales subsidiados de EEUU y Europa,
con lo cual fue erradicada la producción
nacional. Con el aumento de los precios a los
ritmos señalados, un número creciente de
personas ya no puede comer estos alimentos
básicos. No es sorprendente entonces que acudan
a la protesta, que salgan a las calles a buscar
cualquier modo de dar de comer a sus hijos.
Como alertara Fidel desde 1996, en la Cumbre
Mundial sobre la Alimentación: "El hambre,
inseparable compañera de los pobres, es hija de
la desigual distribución de las riquezas y de
las injusticias de este mundo. Los ricos no
conocen el hambre". "Por luchar contra el hambre
y la injusticia han muerto en el mundo millones
de personas".
La crisis alimentaria que hoy nos convoca, es
agravada por los altos precios del petróleo y
por el impacto sobre ellos de la aventura bélica
en Irak; por el efecto de estos precios en la
producción y el transporte de los alimentos; por
los cambios climáticos; por el creciente destino
de importantes cantidades de granos y cereales
de EEUU y la Unión Europea para la producción de
biocombustibles, y por las prácticas
especulativas del gran capital internacional,
que apuesta a los inventarios de alimentos a
costa del hambre de los pobres.
Pero la esencia de la crisis no radica en estos
fenómenos recientes, sino en la desigual e
injusta distribución de la riqueza a nivel
global y en el insostenible modelo económico
neoliberal impuesto con irresponsabilidad y
fanatismo en los últimos veinte años.
Los países pobres que dependen de la importación
de alimentos, no están en condiciones de
resistir el golpe. Sus poblaciones no tienen
protección alguna y el mercado, por supuesto, no
tiene la capacidad ni el sentido de la
responsabilidad de brindársela. No estamos ante
un problema de carácter económico, sino ante un
drama humanitario de consecuencias incalculables,
que –incluso- pone en riesgo la Seguridad
Nacional de nuestros países.
Adjudicar la crisis a un consumo progresivo de
importantes sectores de la población de
determinados países en desarrollo con
crecimiento económico acelerado, como China e
India, además de ser un planteamiento
insuficientemente fundamentado, entraña un
mensaje racista y discriminatorio, que ve como
un problema que millones de seres humanos tengan
acceso, por primera vez, a una alimentación
digna y saludable.
El problema, como se expresa en nuestra región,
está esencialmente ligado a la situación
precaria de los pequeños agricultores y de la
población rural de los países subdesarrollados,
así como al papel oligopólico de las grandes
empresas transnacionales de la industria
agroalimentaria.
Éstas controlan los precios, las tecnologías,
las normas, las certificaciones, los canales de
distribución y las fuentes de financiamiento de
la producción alimentaria mundial. Controlan
también el transporte, la investigación
científica, los fondos genéticos, la industria
de fertilizantes y los plaguicidas. Sus
gobiernos, en Europa, Norteamérica y otras
partes, imponen las reglas internacionales con
que se comercian los alimentos y las tecnologías
e insumos para producirlos.
Los subsidios a la agricultura en los EE.UU. y
la Unión Europea no sólo encarecen los alimentos
que éstos venden, sino también imponen un
obstáculo fundamental para el acceso a sus
mercados de las producciones de los países en
desarrollo, lo que incide directamente sobre la
situación de la agricultura y de los productores
del Sur.
Se trata de un problema estructural del orden
económico internacional vigente y no de una
crisis coyuntural que pueda resolverse con
paliativos o medidas de emergencia. Promesas
recientes del Banco Mundial de destinar 500
millones de dólares devaluados para aliviar la
emergencia, además de ridículas, parecen una
burla.
Para atacar el dilema en su esencia y sus causas,
se requiere someter a examen y transformación
las reglas escritas y no escritas, las acordadas
y las impuestas, que hoy gobiernan el orden
económico internacional, y la creación y
distribución de riquezas, particularmente en el
sector de la producción y distribución de
alimentos.
Lo decisivo realmente hoy es plantearse un
cambio profundo y estructural del actual orden
económico y político internacional,
antidemocrático, injusto, excluyente e
insostenible. Un orden depredador, responsable
de que —como dijera Fidel doce años atrás— "Las
aguas se contaminan, la atmósfera se envenena,
la naturaleza se destruye. No es sólo la escasez
de inversiones, la falta de educación y
tecnologías, el crecimiento acelerado de la
población; es que el medio ambiente se deteriora
y el futuro se compromete cada día más".
Al mismo tiempo, coincidimos en que la
cooperación internacional para enfrentar este
momento de crisis, es impostergable. Se
requieren medidas de emergencia para aliviar con
celeridad la situación de aquellos países donde
ya se producen disturbios sociales. Se necesita
también lograr un impulso en el mediano plazo
para estimular planes de cooperación e
intercambio, con inversiones conjuntas que
aceleren en nuestra región la producción
agrícola y la distribución de alimentos, con un
firme compromiso y una fuerte participación del
Estado. Cuba está dispuesta a contribuir
modestamente en un esfuerzo de esa naturaleza.
El Programa que hoy nos propone el compañero
Daniel, en un empeño por aunar el esfuerzo, la
voluntad y los recursos de los miembros del ALBA
y los países de Centroamérica y el Caribe,
merece nuestro respaldo. Presupone el claro
entendimiento de que la actual situación
alimentaria mundial no es una oportunidad como
piensan algunos, sino una crisis muy peligrosa.
Entraña un reconocimiento expreso a que nuestro
esfuerzo debe dirigirse a defender el derecho a
la alimentación para todos y a una vida digna
para los millones de familias campesinas hasta
hoy expoliadas, no a aprovechar la ocasión para
intereses corporativos o mezquinas oportunidades
comerciales.
Hemos discutido con amplitud sobre el tema.
Ahora lo que corresponde es actuar unidos, con
audacia, solidaridad y espíritu práctico.
Si ese es el objetivo común, se puede contar con
Cuba.
Concluyo recordando las previsoras palabras
expresadas por Fidel en 1996, que todavía
resuenan por su actualidad y hondura: "Las
campanas que doblan hoy por los que mueren de
hambre cada día, doblarán mañana por la
humanidad entera si no quiso, no supo o no pudo
ser suficientemente sabia para salvarse a sí
misma."
Muchas gracias.
07-05-2008 |